lunes, 19 de noviembre de 2012

Tombuctú



Mi relación con Paul Auster empezó más o menos. “Más” con el cine, “menos” con su literatura. Creo que primero accedí a las películas que codirigió con Wayne Wang: Cigarros y Humos del vecino, ambas de 1995. Me gustaron mucho. Fumar es un vicio que conozco. Y me tropecé con su literatura gracias a o por culpa de una amiga. Me prestó El palacio de la luna con la orden de que me encantara. El problema con los fanáticos es que no te seducen, te imponen. Quizá con espíritus menos rebeldes, la táctica dé resultado. Yo respondo mal a las tiranías, incluso a las afectuosas. Aunque se le devolví con la tibia aseveración de que me había gustado, en realidad me había caído pesadísimo. Me pareció tonto y pretencioso. Combinación que me mantuvo alejado de sus libros por un buen tiempo. Cuando su nombre surgía, decía que no era para mí, que era un autor con el que no dialogaba. El tiempo pasó y otra amiga me regaló Un hombre en la oscuridad. Como es una amiga muy querida que consideraba que era un buen libro y que me gustaría, lo leí obedientemente, con más sentido del deber que con expectativas de disfrute. Para mi sorpresa, lo leí de un tirón y lo disfruté. Auster seguía sin despertarme un arrollador entusiasmo, pero al menos ya no le tenía tirria. Cuando me topaba con un libro suyo en las librerías no lo pasaba por algo con indisimulado disgusto sino que leía la contratapa y evaluaba con seriedad la posibilidad de leerlo. Quedaba siempre descartado porque otros títulos, otros autores me urgían más. 

Me encantan las ofertas, el compre uno y llévese otro, el haga cola y una hora antes del inicio de la función le regalaremos una entrada, el conteste esta pregunta on line y si está entre los primeros veinte en remitirla imprima un acceso libre y esas cosas. Hubo épocas de mi vida en que era la única forma de comprar dos libros o de ver espectáculos que tenía. Mi vida ahora es una calesita, pero en otros momentos fue una montaña rusa o un tren fantasma. En la mala no me lamento, veo como sobrevivir sin dejar de hacer lo que gusta. Ahora puedo vivir sin las ofertas, pero me divierte aprovecharlas. 

El pasado martes 13, el Banco Provincia te devolvía la mitad de tu compra en libros con una tarjeta de crédito hasta $150, o sea si gastabas 200 te devolvía 100 y si gastabas 400 sólo te devolvía 150. Decidí que la manera de aprovechar al máximo la oferta era gastar $300. Como docente estatal al que le paga el Banco Provincia, tengo tarjeta de crédito otorgada por la institución. Mi límite de gasto es absurdamente bajo, pero podía todavía cargar $300. Resolví que era el momento de adueñarse de esos títulos que uno desdeña por caros o porque uno sospecha que tal vez no retribuyan en placer el precio oneroso que tienen. En los días previos al 13, en cuanto recreo tenía, hurgaba el catálogo on line de El Ateneo, barajando posibilidades. El juego era que la suma me diera $300. Tenía que tomar en cuenta que quizá los títulos que elegía no estuvieran y los tuviera que reemplazar por otros de parecido interés y precio. Armé varios paquetes. 

El 13, entre clases, fui a El Ateneo. Rebosaba de gente. Estaba lejos de ser el único en querer aprovechar la oferta. Tuve suerte con mi primer paquete. Me hice de Muerte de una heroína roja, El enigma Spinoza y Tombuctú. Éste último es de Paul Auster. La suma daba 301, me pasaba en un peso, pero me sentía “generoso” y no era cuestión de ser tan estricto. 

A Tombuctú lo descubrí en el catálogo, ni sabía de su existencia. Me atrajo la sinopsis de la contratapa: “Cuando Mister Bones, un perro callejero de gran inteligencia, se encuentra con Willy G. Christmas, poeta errante y vagabundo, se convierten en confidentes inseparables. Como si de don Quijote y Sancho Panza se tratara, comparten sus días con la soledad, el azar y la dureza de la vida en la calle. El día en que el escritor presiente que su muerte está cercana y que se aproxima a un mítico mundo al que él llama Tombuctú (un "oasis de espíritus" que empieza allí "donde termina el mapa del mundo"), decide iniciar un último viaje a Baltimore para buscar a su antigua maestra y confiarle a su fiel amigo. Pero Míster Bones terminará por continuar su camino en solitario resistiendo a la vida y a lo más desalentador, la especie humana, y perseguirá Tombuctú para reunirse con Willy y sus sueños. Paul Auster nos muestra una visión honesta y hermosa de la naturaleza humana a través de los ojos caninos de Mister Bones. Un viaje emotivo que es un canto a la amistad y a la búsqueda de la felicidad.” 

Como ahora tengo a Perrito, los libros con perros me atraen. Dejé a los otros dos libros para más adelante y la misma noche del 13 ataqué a Tombuctú. Confieso que desde Expiación de Ian McEwan ningún libro me atrapó tanto. En el medio leí muchos otros libros que me gustaron, que leí con agrado, pero que me “atraparan”, “atraparan”, ninguno. Como afirmé en la crónica de cine de Caballo de guerra, creo que los libros con animales tienen la virtud de hacer que suspendamos nuestra incredulidad ante sus peripecias con más facilidad. Creamos empatía de inmediato. A lo que voy en esta ocasión es que desde niño no reía y lloraba así con un libro. No es un libro largo, pero aquella primera noche, planté bandera al fin del primer capítulo (tiene cinco), podría haberlo terminado, pero agotado y agradecido por las emociones, decidí que me durara un poco más. Aunque al día siguiente, leí el resto. No me importó llegar tarde a una clase o que una traducción urgente y difícil me tuviera después la noche en vela. Tenía que saber que pasaba con Mister Bones. En algún momento hice algo que no hago nunca, me adelanté y leí el final, no soportaba no saber cuál era el destino final del perro. Tanto me angustiaba la incertidumbre. 

 Las vueltas de la vida y la lectura, ahora, después de Tombuctú, Paul Auster es uno de mis autores favoritos. No sólo me gusta dialogar con él sino que le tengo un reciente y sin embargo profundo afecto. ¡Me es imposible no dialogar con un hombre que escribió un libro tan pero tan hermoso!

No hay comentarios:

Publicar un comentario