jueves, 12 de julio de 2018

Mi vida con Bergman - Capítulo 24


Cuando escribo esto (primeros días de julio de 2018) la situación económica de las clases media y baja de la Argentina es muy grave. Hay una inflación galopante, los sueldos están prácticamente congelados por la no apertura de paritarias, los incrementos de los servicios de agua, luz y gas son tan exorbitantes que se los llama tarifazos, todo conspira para que el poder adquisitivo disminuya más y más de hora en hora. De modo que cuando leemos que Bergman pasó por serias dificultades económicas en los años 50 y 51, nos nace una empatía casi automática. El hombre, como ya vimos, va por su tercer matrimonio, de modo que ya son tres las familias que atender, y para dificultar incluso más su situación apremiante pronto tendrá su sexto hijo.


No puede filmar porque hay un lockout de los productores cinematográficos contra los impuestos que consideran abusivos, no tiene un contrato estable con ningún teatro, ni tiene pendientes compromisos radiales, de modo que cuando lo llaman de la compañía de jabones Bris para que dirija comerciales, no lo duda.


Pasa, entonces, a estar entre los primeros grandes directores cinematográficos en comandar comerciales. Hará nueve entre 1951 y 1953. Dos detalles llaman la atención en este emprendimiento. Uno, acepta con la condición de tener una gran producción, algo que le consienten. Se venderá, pero se dará el gusto de pergeñar sin retaceos, sin tener que cumplir con un presupuesto exiguo. Dos, contra todo pronóstico, no solo pondrá en juego su profesionalismo sino también su creatividad. No hubiera estado mal que solo se dispusiera a ser eficiente, nadie le hubiera reclamando nada. Sin embargo, pone todo su empeño en que la aventura le sea excitante y saque un aprendizaje al margen del provecho económico. No extraña entonces que aparezcan en estas publicidades rasgos de su personalidad teatro-cinematográfica, como por ejemplo, la utilización de un teatro de marionetas o el uso de recursos metalingüísticos, muy lícitos y usados en publicidad a decir verdad, como que la modelo le hable a la cámara o que salga de un baño de espumas a la platea de un teatro, un juego dentro de un juego, o una situación dentro de otra. Eso sí, causa gracia la insistencia del slogan: es un jabón que “mata” las bacterias.


En sus memorias y reportajes, Bergman habla con afecto de esta tarea, quizá porque le cayó del cielo en el momento en que más lo necesitaba o quizá porque se dio el lujo de tener por una vez todo lo que pedía, sin límite ni concesión.


Vendería también un guión que había escrito con Herbert Grevenius, Divorciados. Sería la quinta y última colaboración, después de Llueve sobre nuestro amor, 1946, La sed, 1949 (aquí el guión es de Grevenius y la dirección de Bergman), Esto no puede ocurrir aquí, 1950 y Juventud, divino tesoro, 1951.  Al acabarse el lockout, Gustaf Molander dirigirá estos Divorciados y será su tercer film con guión de Bergman, después de La mujer sin rostro, 1947 y Eva, 1948.


El canon bergmaniano soslaya a Divorciados por considerarla más un proyecto de Grevenius y Molander. En mi modesta opinión más por la dificultad de verla que por otra cosa. Es otra de esas películas esquivas, que tienden a perderse, a no dejarse aprehender. En lo personal, mejor que me vaya haciendo a la idea de que no la veré. Esperaba que por ser el año del centenario del nacimiento de Bergman, estas películas resurgieran, se mostraran o se dejaran bajar, pero no, eligen permanecer en las sombras, permitir ser contadas por los pocos que las vieron o que repiten lo que alguna vez leyeron y trafican como experiencia propia. (Los falsos eruditos venden gato por liebre o dan a entender por visto o leído lo que jamás vieron ni leyeron y si se los apura juegan a la desmemoria antes de reconocer su ignorancia. El erudito en el fondo es como las divas, vanidoso e inseguro)


Parece que el argumento trata algo así como el romance o la relación entre una recién divorciada y el hijo de la dueña de la pensión donde va a parar. Parece también que viene de amores contrariados con un toque chejoviano porque uno de los críticos escribió que a quién le haya gustado Lo que no fue (Brief Encounter, David Lean, 1945) disfrutará mucho de estos Divorciados.


No bien se levante el lockout, en pleno síndrome de abstinencia por estar alejado de los rodajes, Bergman se avocará a Kvinnors väntan (Mujeres que esperan, 1952) que por aquí será rebautizada como Secretos de mujeres cuando se la estrene años después de su realización el 3 de abril de 1957. Decide acometer esta comedia para resarcirse del estruendoso fracaso crítico y comercial de Esto no puede ocurrir aquí. Supone que el público se avendrá mejor a una comedia que a un drama de proporciones. Veremos, veremos.

Continuará
Gustavo Monteros

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