jueves, 5 de julio de 2018

Mi vida con Bergman - Capítulo 23




El teatro es el arte de lo efímero, de tan elusivo y escurridizo es casi inaprensible. Más todavía cuando uno trata de imaginarse una puesta de los años cincuenta, un intento de reconstrucción casi arqueológica, a partir de solo dos elementos: fotografías y críticas. Las fotografías para registrar obras de teatro se hacían con flash por entonces. De modo que no hay contraste ni textura, apenas un fogonazo súbito que parece capturar a los actores in fragranti en el delito de acometer una escena. El flash aplana todo democráticamente y elimina la jerarquización de subrayados, resaltados y ocultamiento, no capta los juegos de luces ni disimula la simplificación de los vestuarios. Y la crítica habla siempre más de quien la escribe que de la obra en sí, que se transforma en una excusa para exponer puntos de vista o continuar la discusión que se sostiene con amigos, allegados o entendidos sobre tal o cual vericueto de la teoría en boga. Y así procurar reconstituir una puesta en escena de esos años se vuelve un milagro o un acto de fe. Elegimos imaginar que debió haber sido así, sin más convicción o certeza que la voluntad de nuestra imaginación.


Se dice que a fines de los cuarenta y principio de los cincuenta, Bergman llegó a la cúspide de su talento como director teatral. Y habrá que creer lo que nos dicen, porque no tenemos nada para contradecirlos.
Cuesta asociar a Bergman y Visconti con Un tranvía llamado deseo, que la estrenaron en Suecia e Italia respectivamente, porque tan paradigmática e inmodificable nos parece la versión de Elia Kazan. Igual de difícil es imaginarse a Anders Ek y a Marcello Mastroianni como Stanley Kowalski de tan lejos que están de la rotundez musculosa de aquel Marlon Brando.


Anders Ek se había consagrado como el Calígula de Albert Camus bajo dirección de Bergman en 1946 en Gotemburgo. Como con la mayoría de sus actores, Bergman tuvo con él una relación volcánica, con discusiones irreconciliables, insultos ardientes, portazos intempestivos y reconciliaciones luminosas. Y los dos participarían del fin del primer ciclo de Bergman en  el teatro de Gotemburgo con Un tranvía llamado deseo de Tennessee Williams.



A primera vista Anders Ek parece demasiado esmirriado para ser Stanley. El tiempo, como parece hacer con todos, le daría contundencias, robusteces y engrosamientos, pero por entonces lo mantenía delgado, endeble casi al lado del morrudo Brando. Williams dice que Kowalski debe trasuntar una amenaza sexual, no dice que deba ser un levantador de pesas, pero como con Kazan optaron por Brando, uno supone que así concebían a este personaje. Ellos fueron por una opción casi obvia de tan evidente, pero mientras conlleve la mentada amenaza sexual, no importa que se haya perdido unas cuantas sesiones en el gimnasio. Debe ser arrogante, gritón, mandón, violento, pero no necesariamente Thor o el Capitán América. Y Anders Ek a decir verdad luce peligroso en las fotos, de modo que podemos inferir con un grado de certeza que dio el personaje. Karin Kavli también está lejos de la Blanche Du Bois de Vivien Leigh, se parece más a una solterona de anteojos compuesta por Claudette Colbert. Pero siempre y cuando se despeñe en la sinrazón, Blanche puede tener el envoltorio de Marisa Paredes o Cate Blanchett. Respecto a Bergman las críticas son elogiosas por su gran puesta en una magnífica escenografía y por su impecable manejo de actores, aunque señalan que el ritmo era tan apabullantemente frenético y enjundioso que por momentos la poesía del texto de Williams se perdía en tanto trote sostenido.


Y si Begman y Ek triunfaron con crítica y público en el 49 con Un tranvía llamado deseo, fracasarían estrepitosamente en el 50 en el nuevo teatro de Lorens Marmsted, el Intiman de Estocolmo tanto con la Medea de Jean Anouilh que iba en programa doble con una obra de Hjalmar Bergman (Una sombra) como con La ópera de tres centavos de Brecht-Weill. Como muchos (incluido el que esto escribe) Bergman estaba enamorado de la música de Kurt Weill y hallaba frío y cínico el texto de Bertold Brecht. El también prolífico Brecht tiene obra más empáticas, Madre Coraje, El círculo de tiza caucasiano o Galileo Galilei, por ejemplo, que la inhóspita Ópera de tres centavos. Sin embargo, y poca gracia le haría al orgulloso Bertold oír esto, la obra se representa incansablemente gracias a la bellísima partitura de Weill. Haya sido porque Bergman no le halló la vuelta al texto de Brecht o no supo compensarlo con la música de Weill o cualquier otra consideración, la cuestión es que odiaron esta versión, aunque hay testigos que dijeron que no era tan fallida como afirmaban los decepcionados, que tampoco apreciaron mucho el doble programa de Hjalmar Bergman-Jean Anouilh.



Anders Ek participó con personajes singulares en dos películas significativas en la carrera de Bergman. Fue el payaso Frost en Noche de circo y el pastor Isak en Gritos y susurros.

En 1976 mientras Anders Ek ensayaba la pieza teatral Danza macabra de Strindberg bajo dirección de Bergman fue sacudido por una noticia atroz. Se le diagnosticó leucemia. A pesar de los intensos dolores que lo doblegaban, se negó a suspender ensayos y menos que menos la temporada. La vida se la iba y él se refugió en su gran amor, actuar. Se resistía a la muerte amando la vida. Bergman vio que ponía su temor a morir en el personaje que debía ser apenas un pusilánime hipocondríaco y que en su lectura se transformaba en un samurái herido por un miedo estoico.


Una tarde en que Bergman lo visitaba en el camarín, Anders Ek le recriminó que lo viera morir y no dijera nada. Bergman que en obras y guiones dictaminó agonías locuaces y elocuentes a sus moribundos, en la vida real ante la cercanía de un final punzante, se quedaba mudo.

Continuará

Gustavo Monteros
Ilustraciones (de arriba para abajo)
1 - Escena de la puesta de 1949 de Un tranvía llamado deseo 
2 - Annika Tretow (Stella), Karin Kavli (Blanche) y Anders Ek (Stanley) en una escena de Un tranvía llamado deseo en la puesta de Bergman
3 - Rossella Falk (Stella) y Marcello Mastroianni (Stanley) en una escena de Un tranvía llamado deseo en la puesta de Luchino Visconti
4 - Ingrid Borthen y Anders Ek en la puesta de Calígula de Albert Camus bajo dirección de Bergman en 1946
5 - Annika Tretow (Stella) y Anders Ek (Stanley) en una escena de Un tranvía llamado deseo en la puesta de Bergman
6 - Escena La ópera de tres centavos de Bertold Brecht / Kurt Weill según puesta de Bergman
7 - Anders Ek en Noche y circo de Bergman
8 - Anders Ek en Gritos y susurros de Bergman

9 - Retrato de Anders Ek

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