jueves, 28 de junio de 2018

Mi vida con Bergman - Capítulo 22


La primera vez que supe algo de Juventud, divino tesoro fue en una nota de la revista 7 días en 1970. La nota se titulaba Las 10 mejores películas de amor de la historia del cine. La primera era Casablanca (Michael Curtiz, 1941) con Humphrey Bogart e Ingrid Bergman, claro. Figuraban también La dama de las camelias, la de Greta Garbo y Robert Taylor, que dirigió George Cukor en 1936, la Anna Karenina de Julian Duvivier de 1948 con Vivien Leigh y Ralph Richardson,  por Argentina, como era una época pre Camila (María Luisa Bemberg, 1984) aparecía Dios se lo pague (Luis César Amadori, 1948) con Zully Moreno y Arturo de Córdova, había dos David Lean:  Lo que no fue (Brief Encounter, 1945), con Celia Johnson y Trevor Howard y Locuras de verano (Summertime, 1953) con Katharine Hepburn y Rossano Brazz, dos William Wyler: La princesa que quería vivir (Roman Holiday, 1953) con Audrey Hepburn y Gregory Peck y Cumbres Borrascosas (1939) con Merle Oberon y Laurence Olivier, y por último, María Antonieta (1938, W.S. Van Dyke) con Norma Shearer y Tyrone Power.


Un típico artículo de relleno de una publicación semanal, que traía una breve reseña de cada película, traficaba con la nostalgia e invitaba a adherir o a armar otra lista propia. No volví a cruzarme con esta lista en particular, de modo que no puedo corroborar si era exactamente así o la completa ahora mi imaginación. De lo que estoy bien seguro es que aparte de Juventud, divino tesoro, estaban La dama de las camelias, Locura de verano, Lo que no fue y Dios se lo pague. Por entonces no las había visto, y quedaron fijas en mi memoria como materias pendientes, porque ya padecía con fuerza el virus de la cinefilia.


A Juventud, divino tesoro la vería avanzado ese mismo año. El artículo apareció en otoño y vi el film de Bergman en la primavera. Fue en un ciclo Bergman organizado por el Círculo de Periodistas. El hombre que me vendió el bono contribución que oficiaba de entrada dudó en entregármelo, pero se encogió de hombros y se debe haber dicho que estaba bien que yo aprendiera algunas cosas de la vida. Yo era un tierno adolescente y el cine de Bergman estaba siempre más prohibido para menores que el vodka o el ácido lisérgico. Dudó por ser la primera, las cuatro semanas siguientes que duró el ciclo (daban una película distinta los días miércoles) ya no titubeó y hasta me dio la bienvenida con un saludo.


Lo que más me impresionó aquella mi primera vez de Juventud, divino tesoro fue la intromisión poética de los dibujos animados, que parece interpolado por capricho y que no hace sino referir al drama completo en una breve secuencia, eso lo sabremos después y comprenderemos también que no es gracioso el aplastamiento final del personaje masculino, por más que al ver el dibujito lo sea. Así mismo me impresionó sobremanera la premonición de muerte con la redonda nube negra. Para divertirme la tomé como una advertencia literal y me dije que cada vez que viera una redonda nube negra alguien, en alguna parte moriría. Una auténtica estupidez, con nube o sin ella, alguien, en alguna parte, está muriendo.


En el original se llama Juegos de verano y quien la subtituló para estos pagos utilizó una frase muy común en aquellas épocas. Los mayores la usaban como una aseveración fatal, que ratificaba que la juventud es un bien muy preciado que se agota muy pronto. Aunque no lo  expresa con todas las letras, lleva implícita la idea de pérdida, de que el tesoro ese tan divino fue tan breve que se extinguió sin que nos demos cuenta casi.


Fue la película que introdujo a Bergman en el Río de la Plata y la que desató la sed por su obra anterior y la que estableció que había un público ávido y cautivo por ver su obra futura. La afición de un público fiel y la consolidación de Ingmar como un autor serio y profundo sortearon incluso la condena de la poderosa censura. Eliminaban fotogramas aquí y allá, los desnudos desaparecían, las morbideces se transparentaban, los retorcimientos se insinuaban, las caricias se abreviaban, se agregaban puntos suspensivos donde no los había, algunas conductas de los personajes se volvían misteriosas y elusivas, pero las películas se estrenaban. Con cortes, con escenas oscurecidas, con diálogos no subtitulados, pero se estrenaban. La prepotencia de la fidelidad del público y la rotundez de la importancia del autor lograba los estrenos de toda su obra y escapaba a la desgracia de otras películas que engrosaban las listas de las que no veríamos jamás o que veríamos demasiado tarde, ya vetustas, de tan fuera de época.


Juventud, divino tesoro, al margen de ser un drama sobre el tiempo perdido como lo traiciona el spoiler de su título rioplatense es también una conmovedora historia de amor, como lo delataba el artículo que me informó de su existencia.


El canon insiste en que esta vez la joven pareja de amantes no se enfrenta a una sociedad hostil como las otras veces en las películas sobre material ajeno que le tocaron dirigir. No son seres mezquinos los que truncan la historia sino la desgracia a secas, disfrazada de accidente. ¿O es la voluntad de un Dios cruel que se burla de sus criaturas? Ella es víctima de una desazón que la desvela, símbolo del hombre que anda a ciegas, a los tumbos, procurando hallar sentido a una existencia volátil, débil e incomprensible. Y a esta angustia que carcome hasta nuestras alegrías hay que sumarle la decadencia de la vejez y la incertidumbre de la muerte certera, que llega a horario para llevarnos a no se sabe dónde.


Esta vez Marie (digo esta vez porque ya veremos que Ingmar bautiza a sus personajes con un puñado de nombres que repite una y otra vez) es una prima ballerina que recibe el diario de Henrik, su amante muerto. Años atrás se conocieron un verano, se enamoraron y cuando estas doradas vacaciones estaban a punto de terminar, un accidente le pone punto final a esta historia de amor, que quedará fijada en su perfección. El amor y la juventud, cifrados en ese verano inolvidable e irrepetible, se han perdido para siempre.


En aquellos lejanos años en que fue concebida se la veía como un drama en el que el villano era el paso del tiempo, que fija un pasado volvedor que ya no puede recuperarse ni igualarse. Hoy en cambio la vemos como la historia de la superación de un duelo. 

Curiosidades de los tiempos y sus circunstancias. Por entonces pisar la treintena era casi ser viejo, hoy pisar la treintena es casi otra etapa de la adolescencia.


Sigue tan hermosa y fresca como el primer día. Y no es mi fanatismo el que habla sino el talento imperecedero de Bergman y trazos de estilo que regresan tan revigorizados que hasta pasan por nuevos.


Hoy se habla de cine sensorial cuando los directores usan sonido ambiente que amplificado por Dolby o Atmos remite a nuestra experiencia de la naturaleza. Sonido de viento, de ramas mecidas, de insectos que zumban, de pájaros que cantan, de cauces de agua que se desplazan, etc. Y si estos sonidos están acompañados de tomas abarcadoras, detallistas y expresivas se dice que las sensaciones que evocan se fortifican. El Atmos puede que sea una innovación, pero el juego de tomas expresionistas combinadas con sonidos naturales intensificados ya era usado por Bergman en esta película y en otras que veremos más adelante. Y son estas herramientas retomadas las que la hacen cercana. También las actuaciones que no tienen empaques ni subrayados melodramáticos, y un guión sin arrestos de locuacidad o sarcasmo.


Esto es otra curiosidad que sobresale. En líneas generales, hay que acceder a los clásicos decodificándolos, aceptando los modismos de época, las maneras distintas en que se hacían las escenas, los diálogos que más que elocuentes nos resultan recargados, la insistencia para establecer un significado que hoy comprendemos más rápidamente y sin tanto martilleo, actuaciones más gesticulas que sentidas, etc. La aceptación de otros códigos, distintos a los que usan hoy, bah. Y solo podemos disfrutar de estos clásicos cuando los hemos aceptado en su diferencia.


Con el Bergman legítimo, el que cuenta lo que quiere contar, el Bergman que es Bergman, no necesita de decodificación, de acomodamiento para acceder a él. Es más, se puede armar un programa doble de una película suya y una contemporánea y no se notará más diferencia que el de los argumentos, pero no en lo estilístico. Es parte de su genialidad. Si se ven otras películas filmadas al mismo tiempo que Juventud, divino tesoro, se comprobará que estaba adelantado a su tiempo. Quizá fue este corregimiento vanguardista respecto a sus contemporáneos lo que hizo que quienes atestiguaron estas peculiaridades, lo amaran de una vez y para siempre. Y que me contagiaran ese amor con su admiración. Renegué de muchas cosas. Me diferencié con ínfulas adolescentes de muchas corrientes estéticas y de pensamientos, pero antes de ver mi primer Bergman ya lo amaba y lo admiraba. Se me pegó, me lo contagiaron, me lo legaron. No sé, no me importa. No me arrepiento y se los agradezco toda vez que evoco lo que me provocó.  De pocas cosas tengo certeza. De ser un Bergmaniano, no dudo.

Continuará

Gustavo Monteros

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