jueves, 14 de junio de 2018

Mi vida con Bergman - Capítulo 20


Ingmar dice que es su peor película, que si pudiera la repudiaría, la ilegitimaría, la preteriría, la desampararía. No sé si se justifica tanta saña. A lo sumo no tiene mucho que ver con él, con su cine. Cumplía con su etapa de aprendizaje y una vez en broma dijo que filmaría la guía telefónica si eso le retribuía saberes. Más tarde tendría igual saña con El toque, pero allí yo me opondría con igual denuedo y no porque la protagonice Elliott Gould, actor por el que siento la mayor de las debilidades sino porque en sí es una muy buena película, redescubierta este año a propósito del centenario. Muchos que adherían al desprecio de su autor, al verla en la retrospectiva, comprobaron que estaban equivocados, que no era una obra errada, algo que supimos siempre los que la estimamos no bien El toque se estrenó.


Pero volvamos a Esto no puede ocurrir aquí. Se filmó después de Juventud divino tesoro, pero se la estrenó antes. Tenía guión de Herbert Grevenius (en su tercera colaboración con Bergman) y se basaba en la novela En 12 horas del noruego Peter Valentin. Estábamos en 1950 y la industria cinematográfica se enfrentaba al gobierno por el impuesto al entretenimiento. Llegaron incluso a un lockout por unos meses. Por eso la Svensk Filmindustri pensó que un thriller político podría hacer un gran éxito que compensara el lucro cesante.


El argumento se centraba en los refugiados rusos en Suecia que habían huido del soviet y que eran espiados por quinta columnistas inmiscuidos entre ellos. Los sucesos se amontonaban con asiduidad y vértigo, de ahí las 12 horas del título de la novela original.


Para fortalecer el proyecto lo llenaron de estrellas suecas de gran predicamento y hasta repatriaron para la ocasión a Signe Hasso, holmiense que desde el 44 triunfaba en Hollywood. Entre otras había estado con Don Ameche y Gene Tierney en la genial El diablo dijo no (Heaven can wait, Ernst Lubitsch, 1943), con Gary Cooper en La historia del Dr. Wassell (Cecil B DeMille, 1944), con Spencer Tracy en La séptima cruz (Fred Zinnemann, 1944), con William Eythe y Lloyd Nolan en La casa de la calle 92 (Henry Hathaway, 1945), con George Sanders en Escándalo en París (Douglas Sirk, 1946), con Bob Hope en Where there's life (Sidney Lanfield, 1947, no sé si estrenada en Argentina), con Ronald Colman en quizá la película más famosa de Hasso El abrazo de la muerte (A double life, George Cukor, 1947) y nada menos que con Cary Grant en Crisis (Richard Brooks, 1950).


Por esas cosas de la vida, la película de la que venía Crisis era también un thriller político, que no habría de estrenarse en Argentina. El argumento giraba alrededor de un neurocirujano que se veía envuelto en una revuelta contra un tirano en un país latinoamericano. Y aquí se la prohibió porque se dijo que el tirano estaba supuestamente inspirado en el General Perón, por entonces en el gobierno. Los yanquis son muy irrespetuosos, no entienden su propia política y hacen siempre interpretaciones temerarias de las políticas de otros países, bah, no se sabe si es por temeridad o interesada ignorancia. Como sea, en lo que nos concierne, Lasso iba de un thriller político a otro.


Bergman cuenta que Lasso se comportó sin aires de diva durante el rodaje. Eso sí, a veces estaba muy bien y en otras ocasiones se la veía desganada y deprimida. La pobre internalizaba la edad. Había llegado a los 40 años y tener 40 en 1950 equivalía a ser centenaria, y centenaria y media si se era actriz. Esto no puede ocurrir aquí sería uno de sus últimos papeles como protagonista de interés romántico, en breve comenzaría a ser la madre de la protagonista o la esposa madura del coprotagonista.


El rodaje fue breve, entre el 7 de julio y 19 de agosto de 1950, pero para Ingmar fue insoportablemente lento y angustioso, su cuerpo se negaba a hacerlo. Era una obra de encargo, de conveniencia, hecha solo porque necesitaba el dinero.


Y fue la primera película de Bergman que vi. Aunque por entonces no tenía ni idea de quién era Bergman ni lo que veía permitía sospechar que se trataba de la obra de quien sería tildado de genio universalmente y sin discusión.


Ya dije que pasé mi infancia en la provincia de Catamarca, a mediados de los sesenta. Vivíamos en la localidad de San Isidro, a siete kilómetros de la capital, San Fernando del Valle de Catamarca. En San Isidro durante los fines de semana había dos cines, uno permanente y uno itinerante. Al fijo le decíamos El cine del cura, aunque supongo que se llamaría como la localidad o sea Cine San Isidro. Estaba al lado de la iglesia y era un salón rectangular con una puerta lateral al costado del escenario que daba al patio de la iglesia y sobre esa misma pared unos ventanucos para ventilar o refrescar en las noches de verano. Los sábados y los domingos daban un programa doble con películas de estrenos más o menos recientes, en general hollywoodenses y subtituladas. Los domingos daban una matiné para chicos después del catecismo. El itinerante era el cine de Verón y funcionaba al aire libre solo los domingos a la noche en el patio de la cuadra de la panadería de la plaza. Los demás días deambulaba  por otros sitios sin cine en donde desplegaría la magia de su pantalla. Tenía un programa doble de películas argentinas, españolas o mejicanas y estadounidenses solo dobladas. Yo era muy chico y no me daba cuenta que a pesar de los avances de la escolarización, todavía había mucha gente analfabeta. Y en el cine de Verón, doblada al español de España, fue que vi Esto no debe ocurrir aquí.


Lo recuerdo vívidamente por una serie de detalles que me llamaron mucho la atención. San Fernando del Valle de Catamarca está en un valle, rodeado de montañas como su nombre lo indica. Y la película transcurre también en una ciudad montañosa,  y casi al principio se ve a uno de los protagonistas ir de una parte de la ciudad a otra ¡por un ascensor! Me pareció loquísimo y se fundió en mi impresionable memoria de chico. Y para reforzar el recuerdo, un personaje muere sobre el final en ese ascensor. Otra cosa que se me quedó fue cuando develan a uno de los traidores. Los refugiados se reúnen en un cine, en la parte de atrás de la pantalla. La escena es muy tensa y se oye la música de la película que proyectan, una de dibujitos animados en la que hay una persecución. Y esa música y los gritos y los efectos de los dibujitos le venían muy bien al gran drama de los exiliados. Comprendí que las persecuciones de los dibujitos que tanta gracia me daban conllevaban también una gran dosis de angustia que en la desprevención de mi ingenuidad ni cuenta me daba. Y lo tercero que recuerdo es la extrañeza casi cómica que me produjo una escena pretendidamente peligrosa. En la casa del policía está este, la chica o sea Signe Hasso y el malo. El policía tiene una pistola que el malo le quita, después el policía la recupera y luego el malo se la quita de nuevo. Mientras tanto hablan y nos llenan los puntos suspensivos que la trama había dejado en un misterio hasta ese momento. Me acuerdo también que pensé que tanto juego con el cambio de mano de la pistola era medio al cuete. Revista ahora me sigue pareciendo más cómica que amenazante.


Sabrá Dios por qué vericuetos de las distribuciones de las películas habrán llegado las latas de Esto no debe ocurrir aquí a manos de Verón para que un chico encandilado por el cine, viera su primer Bergman, sin sospecharlo, olvidándolo casi, porque quien iba a pensar que ese thriller del montón había sido dirigido por el hombre que lo desvelaría, lo deslumbraría, lo inquietaría años después.

Continuará

Gustavo Monteros

En el extremo derecho se ve a Ingmar con la bella Signe Hasso, a la izquierda otros actores de Esto no debe ocurrir aquí

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