jueves, 7 de junio de 2018

Mi vida con Bergman - Capítulo 19



Cuando uno se pone a cotejar las fechas en la vida de Bergman, se comprende que el hombre si no era un monstruo, era un ser extraordinario, un dotado para trabajar a raja cincha o una criatura a la que el tiempo le rendía por dos o tres. Escribía, dirigía cine y teatro y hasta le alcanzaba para relaciones sentimentales apasionadas y complejas.


En 1949 había filmado tres películas, estrenado dos y montado un par de obras célebres y difíciles (La salvaje de Jean Anouilh, Un tranvía llamado deseo de Tennessee Williams), también se había enamorado y encarado un divorcio arduo, espejado por el de su nueva pareja por la tenencia de dos hijos.


Decir que 1950 se presentaba difícil era el colmo del eufemismo. Su contrato con el Teatro Municipal de Gotemburgo había llegado a su fin y ahora tenía tres hogares que mantener. Para empezar pidió un adelanto muy poco conveniente con la Svensk Filmindustri, para la que haría algunos filmes por un porcentaje mucho menor de lo que cobraba habitualmente. No importa, los problemas se sobrellevan mejor si uno está enamorado y el año se abría con el estreno de un film inspirado e insuflado de amor.


Till glädje o To joy o Hacia la felicidad, a pesar de tomar su título del Himno u Oda a la alegría de Friedrich Schiller, poema que se canta en el movimiento final de la Novena Sinfonía de Beethoven, más que en la alegría o a la felicidad se centra en la resignación, que surge del amor, pero resignación al fin.


Stig Eriksson (Stig Olin) es una violinista con ínfulas de solista que fracasa estrepitosamente en la oportunidad que le dan de mostrar su talento. Su pareja, Marta Olsson (Maj-Britt Nilsson) una violista feliz de pertenecer a la infantería de la orquesta y no a la briosa caballería de los solistas, le enseñará a aceptar su destino. (La metáfora de infantería y caballería es de Bergman).


Es el segundo filme que Bergman dirige sobre guión propio. Es valioso, pero dista mucho de ser perfecto. Se bifurca demasiado. Como Sed de pasiones, es más de momentos que de un relato sólido. Sin embargo, ostenta logros superlativos como la escena final en la que el hijo ve tocar al padre con la orquesta la Novena Sinfonía. Es como si al guión le faltara una segunda lectura o un pulido más esmerado. Pero como dijimos es obra del amor, nació en unas vacaciones en la Riviera rodeado de artistas entregados a comer, beber, dormir y disfrutar.


Y en medio de tanta alegría y generosidad, se puede aceptar o al menos amigarse con la idea de que se puede ser mediocre, no el genio que se pretendía ser y disfrutarlo. Bergman por un momento no se desespera por no llegar al sitial de maestro que aspira, se dice ¿y qué si soy mediocre?, también se puede ser feliz en el coro, en la orquesta. La idea de hacer un filme con orquesta le venía de cuando se sentaba a oír los ensayos de la entusiasta sinfónica de Helsingborg (¡¿de dónde sacaba tiempo para además sentarse a oír los ensayos de la sinfónica de Helsingborg?!)


Tres grandes resignaciones enhebran el film: la de no ser el artista que se creía ser, la de no estar casada con el hombre con el que se soñaba, esta es de Marta, claro y la de ser un viudo. Sí, y no es un spoiler, la película se abre con Stig enterándose por teléfono de la muerte de Marta. La película en sí es un largo racconto de cómo se conocieron, se entendieron, se desentendieron, se casaron, se toleraron y se aceptaron.


Por supuesto, es un Bergman, de modo que en los recovecos laterales se evidencia su regusto morboso por las oscuridades de los hombres, en este caso un viejo que entrega a su joven esposa para manipular y dominar voluntades.


En este papel, en el del viejo, hace su última actuación uno de los próceres del cine sueco mudo de oro, John Ekman. Y como el otro viejo, el director de la orquesta, hace su primera participación actoral en un film de Bergman, uno de los directores magistrales del cine sueco (y mundial, bah) Victor Sjöström (habrá una segunda y última participación, pero eso es leyenda y nos referiremos a ella cuando llegue).


Saco la idea de que al guión le faltaba cinco para el peso de una confesión del mismo Bergman. Dijo que dado que no sabía cómo terminarlo, inventó lo del absurdo accidente con el calefactor a kerosene que explota y que mata a Marta. No quiero ponerme psicoanalítico, pero mucho amor, mucho amor, pero la esposa se vuelve más ideal si está muerta.


El amor que inspiró este film tampoco duraría. El matrimonio que se inició con tanta pasión no sobreviviría a los dos cruentos divorcios que ocasionó, eso sí dejó un hijo. Bergman, aparte de hacer mil cosas a la vez, es muy de dejar vástagos.

Continuará

Gustavo Monteros

Y aquí vemos a Bergman marcarle una escena a Stig Olin, que como sabremos más adelante es el papá de Lena (Olin, claro)



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