jueves, 24 de mayo de 2018

Mi vida con Bergman - Capítulo 17


Por tonteras que tengo en la cabeza, creo que los años que preceden al inicio de una década son doblemente impares, como sea 1949 fue doblemente par para Ingmar Bergman. Su ajetreada agenda solo registraría el estreno de dos obras de teatro y la concreción de dos películas. También sería un año de finales y principios, pero no nos adelantemos.


El productor dueño de Terrafilms, Lorens Marmstedt, como buen apostador que era le hizo la propuesta más como una apuesta que como otra cosa. Le dijo que si podía hacer una película por 185.000 coronas, le daría el control artístico de la misma, que no se entrometería para nada (en aquellos días, una película promedio en Suecia costaba 300.000 coronas). Bergman aceptó el desafío.


En las practicidades de lo artístico tomó como modelo Rope (Festín diabólico, por estos pagos)  de Alfred Hitchcock que se había estrenado el año anterior. Como se recuerda Hitchcock resuelve dicha película en diez u once largos planos secuencias. ¿Qué corno es un plano secuencia? Según Wikipedia es: “Un plano secuencia es, en el cine y la televisión, una técnica de planificación de rodaje que consiste en la realización de una toma sin cortes durante un tiempo bastante dilatado, pudiendo usar travellings y diferentes tamaños de planos y ángulos en el seguimiento de los personajes o en la exposición de un escenario.”


Entonces Bergman se puso a considerar que si la resolvía con mayoría de planos secuencias, ahorraría en tomas, extras, escenografía y días de rodaje, los ensayos se realizarían fuera de los horarios de filmación, para ahorrar y porque no quedaba otra. Escribió por ahí que no todas las películas se podían filmar así, pero que a algunas un plan de rodaje más estricto no les vendría mal. Y como ya le comenzaba a despuntar el humor, no recomendaba los planos secuencias para los directores que les gustaba jugar en el cuarto de montaje, a los actores con poca y mala memoria (los parlamentos en los planos secuencia son forzosamente largos y cubren varias páginas del libreto y hay que saberse las líneas al dedillo como en el teatro, de allí que los actores más avezados en el teatro son a los que mejor le sienta dichos planos) y menos que menos es recomendable para los directores de fotografía nerviosos y excitables (es imperativo que tengan sangre fría o un gran dominio de la ansiedad, las tomas de un tirón exigen concentración, sigilo y la rapidez de intervenir ante un error sobre la marcha sin cortar la escena).


Bergman cuenta que Lorens Marmstedt fue muy generoso respecto del elenco, le aceptó todos los nombres que propuso, eso sí al elenco contratado les avisó que no les pagaría lo que estaban acostumbrados a percibir, que este era un proyecto artístico y con el arte hay que contribuir… con talento y sacrificio. Ingmar dice que no vio un peso por esta película, porque arregló por un porcentaje de las ganancias y como según Lorens Marmstedt no las hubo…


Entre las estrellas contratadas estaba el actor y también director, Hasse Ekman y su esposa por entonces, la hermosa Eva Henning. Hasse Ekman era el otro protegido de Lorens Marmstedt y la prensa decía que competía con Bergman por el título de mejor director contemporáneo. La competencia era más aparente (o propagandística) que verdadera. Ekman y Henning eran aquellos dos sorprendidos que acudieron al accidentado estreno de Barco a la India, y con los que se encontró Bergman después en el aeropuerto. La presencia de ambos en aquel estreno más que por gentileza, era por curiosidad, Ekman había contribuido con consejos, opiniones y reescrituras al guión. Ekman en este film, El demonio nos gobierna, hace de un director que se supone no es muy talentoso ¿maldad e ironía de Ingmar o una contribución a la leyenda de la enemistad entre ambos? Nunca lo sabremos, o quizá un poco de ambas cosas, son los años de inseguridad de Bergman y de las inseguridades surgen menoscabos y mezquindades. Con el tiempo la carrera de director de Ekman se diluiría mientras que la de Bergman ascendería más y más. De todos modos, en las listas obligadas de mejores películas que siempre se le piden a los directores, Bergman siempre incluyó una de Ekman, Flicka och hyacinter /La chica de los jacintos, 1950, a la que le tributó las mejores loas. A quien no incluyó en sus listas es a Hitchcock, y eso que tomó una película suya como modelo de la que ahora nos ocupamos y a que lo emulaba haciendo cameos en las películas que dirigía. Hasta la fecha había sido la voz en la radio en Hets (El sádico, 1944), un hombre de boina en el parque de diversiones en Barco a la India, 1947, un hombre con un diario en la escena casi final de Música en la noche, 1948. No haría de extra en El demonio nos gobierna, pero sí en la próxima, Törst, ya veremos de qué y cuándo.


La historia de Birgitta Carolina, la protagonista de El demonio nos gobierna, había nacido como un largo cuento intitulado Una historia verdadera y copiaba el estilo de artículos que aparecían en las revistas y que se pretendían sorprendentes historias de la vida real. Ingmar confiesa que la escritura abarcaba sin vergüenza  la mezcla de un sentimentalismo descarado mezclado con sentimientos genuinos. El cuento se transformó en un esbozo de guión y eso fue lo que le dio a leer al productor Lorens Marmstedt con la advertencia de que no se lo tomara muy en serio, que solo le diera una hojeada, que no era más que el proyecto de un proyecto. Lorens lo leyó y le dijo que algo había allí que podía ser atractivo, que lo hallaba un poco conmovedor pero no muy emocionante, y como no se decidía sobre si el atractivo era suficiente como para llevarlo a cabo, fue que le hizo la propuesta que se parecía a una apuesta. Bergman no se atuvo al presupuesto de las 185.000 coronas, gastos imprevistos lo elevaron a 240.000, Marmstedt que quizá previó que la cifra inicial subiría se mostró conforme con la suma final.


Y por fin el Ingmar guionista le proveía al Bergman director. Fue la primera película auténticamente Bergmaniana. Algunos de los rasgos que definirían su cine están incipientes, en ciernes, esbozados, pero están allí, que es lo que importa. El tema, el estilo, la fuerza dramática, la elección morbosa de elementos que bordean lo escandaloso, o la extravagancia deliberada en la planificación y secuenciación.


Un viejo ex profesor de matemáticas se le aparece a un antiguo alumno hoy director de cine con una idea para una película: hacerle evidente al público que esta vida es un círculo del infierno, que Dios ha muerto y que el Diablo reina. El director le cuenta la idea y la visita a su amigo, un periodista, que cree que la idea puede expresarse a través de la historia detrás de un artículo que ha escrito sobre Birgitta Carolina, una joven, educada y empleada en una gran tienda que sin embargo se prostituye. El director no quiere saber nada, pero el escritor-periodista se obsesionará, se peleará con su novia y volverá a ver a Birgitta Carolina de la que se enamorará. Atestiguaremos los vericuetos de esta historia de amor y sabremos los entretelones de la problemática y triste vida de Birgitta Carolina y el director al final le dirá a su viejo profesor que es imposible filmar una trama que exprese la idea que trajo, una suprema ironía porque es la historia que acabamos de ver.


El film es muy original y moderno, fluye constantemente y evidencia un gran dominio técnico.  Es su obra más pesimista hasta la fecha. La vida no solo es diabólica sino también incomprensible, no hay a quién interrogar, no hay salida. Las ideas se expresan con contundencia y autoridad, vertebradas en situaciones claves con diálogos precisos y elocuentes. Es evidente su predilección por probar la sordidez y desesperanza que el mundo evidencia y provoca con la acumulación de conductas terribles: la trata de blancas, la tortura, el infanticidio, el suicidio, la dipsomanía entre otras.


La protagonista trabaja de día en una gran tienda y de noche de prostituta. La gran tienda expresó en los diarios su desagrado e hizo una defensa capitalista de sus condiciones de trabajo. Dijeron que pagaban tan bien que ninguna empleada suya necesitaba prostituirse para redondear un ingreso decente. Ingmar mandó a los diarios una irónica carta con su respuesta. Enumeró las distintas profesiones u ocupaciones de los demás personajes y especificó que no implicaba que dichas profesiones u ocupaciones fueran asociadas a las peculiaridades que les asignaba a dichos personajes. Dijo que no esperaba que los empleados postales fueran considerados proxenetas porque el personaje de su película lo sea, ni que los dependientes de una licorería sean infanticidas, que los profesores de matemáticas estén desquiciados y menos que menos que los escritores contemporáneos sean todos alcohólicos.


En un momento del film, Birgitta y Thomas hallan una película muda y la exhiben en un viejo proyector. Cuenta Bergman que imaginó el argumento de la misma cuando era chico y que tomó solo una  media jornada filmarla. La protagonizaron los acróbatas que se presentaban como Los Hermanos Bragazzi. Este trío de italianos trabajaban en el Teatro Chino de Variedades, vinieron por un contrato corto, pero los sorprendió la guerra y se quedaron en Suecia hasta el fin del conflicto. Bergman les contó lo que pretendía (un hombre sueña que es atacado y perseguido por un asesino, el Demonio y la Muerte) y que se pusieron a jugar como chicos y lo resolvieron en el acto.  ¿Imaginarían estos acróbatas que estaban pasando a la historia del cine? Sabrían, por supuesto, que Bergman era un respetadísimo y muy establecido director teatral, que se estaba ganando un lugar en el cine, pero ¿supondrían que su día de trabajo perduraría por siempre? Creo que no. Las casualidades del azar y del arte los harían tropezar con esta forma de la inmortalidad.


Desde el fin de la guerra hasta bien entrada la década del sesenta, el pesimismo respecto de la condición humana fue el sustrato cultural dominante. No era para menos, era la manera de procesar los horrores vividos, atestiguados o conocidos en la contienda mundial. En estos tiempos en los que ha permeado la ligereza de las filosofías de la autoayuda resulta difícil comprender cómo se difundían y triunfaban posturas pesimistas. Hoy la tendencia es sobrevolar los problemas, por aquel entonces se procuraba mirarlos a la cara. Pero había también la insistencia de que el ser humano era esencialmente bueno a pesar de todo. De allí que el actor y director Hasse Ekman, que como vimos en El demonio nos gobierna, hacía del director de cine al que acudía su viejo profesor con la revelación de que era el Diablo y no Dios el que estaba a cargo, hiciera una película esperanzadora  en respuesta a  esta de Bergman. Un poco para aprovechar la publicidad de la supuesta disputa entre ambos directores, un poco por empolvarse en la polvareda que levantaría una visión tan negativa y otro poco por convicción, ¿por qué no?, Hasse Ekman hizo, también en 1949,  Flickan från tredje raden (La chica de la tercera fila) con la que ratificaba que la existencia humana tenía sentido y esperanza. Lo hacía a través de la historia de un anillo que pasaba de mano en mano, y que le daba a su portador momentáneo un nuevo sentido de vida. Los diferentes personajes abarcaban a actores, estafadores, ancianas y esposos engañados, que hallaban la esperanza a pesar de la desdicha y la desilusión.


Si en la noche primigenia hay una hoguera alrededor de la cual los hombres se cuentan cuentos, Bergman participaría en este encuentro con relatos mucho más aterradores que los de los lobizones, los vampiros o los hombres hechos de pedazos de otros hombres. Despertaría la atención y la reflexión de sus compañeros con horrores más cercanos, tanto que están dentro de uno mismo y tan activos que nos los prodigamos unos a otros.

Continuará
Gustavo Monteros



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