jueves, 17 de mayo de 2018

Mi vida con Bergman - Capítulo 16


En febrero de 1948, Ingmar Bergman le vende a Svensk Filmindustri una “novela cinematográfica” llamada “El trompetista y Nuestro Señor” con la promesa de convertirla en un guión en la primavera siguiente, o sea para marzo o abril de dicho año. Circunstancias de distinta índole lo impidieron y la tarea recayó en Gösta Stevens y Gustaf Molander. Y el 27 de mayo de 1948, Gustaf Molander comenzó a dirigirlo, casualmente el mismo día en que Bergman iniciaba la dirección de Puerto. El rodaje de Eva se extendería casi un mes más, el de Puerto terminó el 17 de julio, mientras que el que de Eva concluyó el 6 de agosto del mismo año.


Pasa algo curioso. Eva es la tercera idea puramente bergmaniana que llega al cine, antes Alf Sjöberg había hecho Hets (El sádico, entre otros títulos que recibió en español) en el 44 y Molander había dirigido Una mujer sin rostro (Kvinna utan ansikte) en el 47 y ahora se aprestaba a internarse en Eva. O sea que por un lado a Bergman le comisionaban argumentos ajenos, principalmente obras de teatro (Puerto sería su primer film basado en prosa ficcional) mientras que por otro le compraban argumentos para que otros lo dirigieran. ¿Acaso tenían algo que ver algunas críticas adversas que había recibido en el teatro a propósito del estreno de sus piezas, que se consideraban obras promisorias a las que el director (él mismo) no les hacía justicia? Se lo reconocía como a un director teatral talentoso, lleno de ideas y recursos, pero no se lo terminaba de aceptar como un dramaturgo importante. ¿Sería ese el motivo por el que por ahora se separaba al director del autor?


Como sea, hay más de Bergman en Eva que en Puerto, más allá de que la última fuera dirigida por él, en tanto que de la primera solo llevaban su firma, la idea y el primer bosquejo. Justifica esta presunción el hecho de que Eva narra la peripecia con tintes alegóricos de un joven que aprende a amigarse con la idea de la muerte, mientras que Puerto es el drama en clave neorrealista de una joven que por amor supera su pasado. También se dice de Eva,  al igual que antes de Hets, que son películas, ante todo y por sobre todo,  más de Bergman que de Alf Sjöberg o de Gustaf Molander respectivamente. Parece ser que la fidelidad que mantuvieron con los guiones los hiciera invisibles, algo injusto por donde se lo mire.


Eva se abre con Bo, un marinero que regresa en tren a casa después de dos años en la armada. Le confiesa a su compañero de viaje que se fue con placer de su pueblo, y que regresa con el mismo placer, lo esperan su padre, su madre y su hermana. Sin embargo algo enturbia los recuerdos, un flashback nos dirá qué es. Vemos a Bo de 12 años, un maquinista le enseña a manejar una locomotora vieja, algo lógico ya que el padre de Bo es jefe de estación. En el almuerzo, el aprendizaje del manejo de la locomotora, una pelea con la hermana y unas malas contestaciones hará que padre e hijo se peleen. Bo huirá con su perra, Kay, de la casa, viaja de polizonte en un tren de carga y conoce a unos músicos, uno de ellos es padre de Marthe, una chica ciega de unos 10 años de la que Bo quedará prendado. Para presumir Bo la llevará a dar un paseo en locomotora, por desgracia por la vía por donde va está siendo reparada, y al no poder frenar a tiempo, descarrilará y matará a la niña y a su perra. Una culpa que arrastra y que no puede olvidar. Ya en su casa, después de las bienvenidas, se irá a visitar a una muchacha que lo atrae, Eva, cuyo abuelo está muriendo de una neumonía, y como Bo es trompetista le tocará una canción para que duerma. A solas con Eva, Bo confesará que hay algo que se llama “proximidad de la muerte” a la que le teme, Eva le dice que no lo haga, que no es nada terrible, el pregunta si cree en algo y Bo dice que en nada, que no siempre fue así, pero que después del accidente es un descreído, odia la muerte y le teme, ella le dice que lo superará algún día, Bo le confiesa que jamás estuvo con una mujer y Eva antepondrá Eros a Tánatos y se entregará a él y le enseñará los placeres de la carne. No veremos más que un beso, todo se sugerirá con cielos luminosos y músicas que explotan en trémolos triunfales. El abuelo de Eva morirá pacíficamente y Bo se irá. Ya en la ciudad, lo vemos que comparte un departamento con Göram y su esposa Susanne. El pobre Bo será tentado al crimen y a la lujuria por Susanne, que le propondrá que maten a Göran para ser libres de desatar la pasión que sienten por el otro. Sellarán el pacto quemando el retrato de Eva. Cuando Göran se caiga de borracho, lo encerrarán en la cocina y como hay una importante pérdida de  gas, dirán después que se trató de un accidente. Así lo hacen. Bo se despierta desesperado, pero para su sorpresa Göran está vivito y coleando, cree que se trató de una pesadilla, pero no, el retrato de Eva está quemado. Suena el timbre, es Eva que viene a rescatarlo. Pasa algún tiempo, Eva y Bo ya están casados y viven en una isla solitaria en medio del mar Báltico. El otro único habitante de la isla es un pescador maduro y viudo. Como estamos en medio de la Segunda Guerra, a la playa llegan cadáveres de las víctimas de la contienda. Un día Bo y el pescador rescatan el cadáver de un alemán y lo esconden en el cobertizo del bote para que Eva no lo vea y se perturbe porque está embarazada, pero Eva va y lo ve igual. Queda consternada ante la crueldad de la guerra, se pregunta por la utilidad de traer un hijo a un mundo tan injusto y concluye con que Dios ha muerto y que todo sigue su curso hasta que se llegue al fin y todo termine. Devastada por sus tristes pensamientos, rompe bolsa. Bo y el pescador la llevan en bote a tierra firme para que dé a luz, pero en medio del mar arrecian los vientos y hasta tienen un problema técnico con el motor del pequeño barco. Parece que habrá un final desgraciado, pero los hombres sortean los problemas técnicos y meteorológicos y llegan a tiempo para que Eva pueda parir bien. Se trata de un varón y Bo decide bautizarlo con el nombre del pescador, Mikael. Bo siente que la vida al fin tiene sentido y ya no le teme a la muerte, porque ve que solo es una parte de la vida.


Esta Eva de Molander sorprende por su fidelidad al ideario de Bergman y por la pasión con la que narra sus tres etapas hacia la iluminación (el racconto con el accidente en la niñez, el devaneo con el asesinato y la confrontación espiritual en la isla) se asemeja a esas películas de los noventa que eran tres o cuatro en una, por ejemplo: una comedia amable de costumbres que derivaba en un tenso y sangriento thriller que se decantaba para el erotismo casi pornográfico y terminaba en una negra comedia cínica en la que el crimen pagaba porque los culpables se salían con la suya, o eran una de guerra que iba para el lado de las de supervivencia en un campo de concentración, derivaba en una de juicio en la barraca y culminaba con una fuga en medio de un ataque aéreo, o sea que volvíamos a la de guerra. Aquí también, están tan sanguíneamente tratados sus tres momentos que parecen tres películas, la conclusión mística da la razón para este tratamiento formal, cuando más profunda es la zanja en el barro, más alta y noble es la elevación que se alcanza por haber pasado lo que nos tocó con determinación y sin sacar el cuerpo.  O sea la vieja y querida salvación más plena, a la que se ha llegado por caer en la tentación, sucumbir al encanto del pecado, o padecer la ignominia del vicio. La superación no del bueno en mejor, sino la del que chapoteó en la crueldad, la maldad y el salvajismo y vivió para contarla.


Por supuesto, no es casual que la mujer superadora que inicia al hombre en el amor y el sexo, que da por sentada la muerte de Dios ante la crueldad que tal vez le arrebate el hijo en plena juventud en el futuro y que igual dé la vida al heredero que justifica la existencia, se llame… Eva.


Película de superación y regocijo, ideal para las celebraciones navideñas, se estrenó el 26 de diciembre de 1948, con buena repercusión de crítica y público.

Continuará
Gustavo Monteros


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