jueves, 19 de abril de 2018

Mi vida con Bergman - Capítulo 12

Música en la noche, opus 4. Que sea interesante, que sea interesante. Después de la música de inicio y los títulos, se ve a unos soldados hacer práctica de tiro. Entre tandas, el soldado Bengt cambia los blancos. Ve entonces que un cachorrito de perro se interpone en el área de tiro y que será alcanzado por la ráfaga, lo llama, pero el perro no le hace caso, calcula que tiene tiempo de sacarlo antes de que den la orden de fuego, no llega a tiempo y es a él al que lo alcanzan las balas.
 Que sea interesante, que sea interesante. Vemos ahora una secuencia onírica, o sea lo que atormenta la mente de Beng, se ve primero un yunque al que golpea una mano con un martillo en primer plano y en el fondo un ojo gigantesco, después aparece Bengt con los ojos cerrados, cuelga de los brazos de una barra, hasta que no da más y se suelta, cae en un barro pantanoso que suelta grumos, después se lo ve arrastrarse junto al barro, ahora se lo ve sentado de espaldas al costado del barro, entonces del barro salen manos y brazos que lo atraen, después se ven cuatro manos y debajo un torbellino que gira y gira, entonces aparece Bengt en el fondo de una pecera, los peces son gigantes y él es pequeñito y hay también sobre una especie de cocha una chica sentada también chiquitita, pero él no la ve porque sube hacia la superficie aunque sin hacer ningún esfuerzo, ahora hay un agua con espuma, debajo la cara de Bengt con los ojos cerrados, la música que acompaña tiene un coro celestial que tararea, el coro se desvanece y se oye muy despacito la voz de Bengt que dice No estoy muerto y una voz de mujer dice Es una lástima. La espuma deja ver a Bengt que está en una cama de hospital con la cabeza vendada.
 Se oye la voz de la enfermera que dice Creo que su hermano vuelve en sí, Srta Vyldeke. La cámara baja hasta Bengt que mueve la cabeza de un lado a otro, o sea delira. Despierta, se incorpora en la cama y grita ¡No! Que sea interesante, que sea interesante. (Bueno, la secuencia onírica no me habrá quedado como la de Hitchcock en Spellbound (por aquí Cuéntame tu vida) pero, bueno, tampoco lo teníamos a Dalí, y ellos sí, quedó decente, lo que no es poco) Bengt estira la mano, una mujer la toma entre las suyas.
Blanche, dice Bengt, llamando a su amada. No, dice la mujer, soy yo, o sea la hermana que después sabremos que se llama Agneta. Le ofrece agua y se la da, él bebe con ganas. Le pide que suba las persianas. Súbitamente Bengt se sienta en la cama, pasa la palma de su mano frente a sus ojos y comprende. Una música muy dramática subraya el descubrimiento. ¡Está ciego! Se deja caer sobre la cama y se cubre la cara con la sábana y llora.
Vemos ahora un teléfono de los antiguos colgado en una pared clara que suena. Atiende una señora mayor con un delantal que dice Residencia Schroeder, viene corriendo Agneta y toma el auricular a la vez que dice Debe ser para mí. Por lo que puede verse de la casa, es muy señorial, de gente de buen pasar. Del otro lado del teléfono hay un joven en una cabina de vidrios transparentes que está al lado de una barra de bar, donde hay dos mujeres y dos hombres, todos jóvenes y bien vestidos. El chico del teléfono le reclama a Agneta haberse perdido la regata que ganó. Agneta dice que no quiere dejar solo a su hermano, que todavía no está bien del todo. El joven del teléfono dice  que con ellos también está Blanche, la ahora exnovia de Bengt, cuenta que está muy deprimida, Agneta hace una interjección que no evita que suene sarcástica, el joven agrega que Blanche no sirve para enfermera ni para sacrificarse, pero que  a su modo lo quería y se interrumpe. Agneta repite el verbo en pasado en pregunta, o sea ¿Quería?, y en esa sola palabra un subtexto clarísimo de cómo, ya no lo quiere más, el joven del teléfono le dice que Blanche quiere hablarle y le pasa el tubo a la susodicha. Blanche viste un suéter de cuello cerrado, entallado, manga corta, a la cintura de cachemir, que era por entonces el colmo de la elegancia y sofisticación. Después de los saludos de rigor, le dice a Agneta Dirás que fui una cobarde al devolver el anillo de Bengt, era la única salida para nosotros, Bengt es inteligente, sabe lo sensible que soy. Angeta no quiere oírla por aleja el auricular de su oreja y lo mantiene a distancia, después no le queda más remedio que oír y vuelve a acercárselo. La hija de puta de Blanche, perdón pero no hay mejor manera de describirla, se sigue justificando: Estoy segura de que comprende que no pueda verlo después de aquello. Por suerte para Agneta, la voz de la operadora dice que se acabó el tiempo pagado y corta la comunicación. Angeta cuelga el teléfono y pasa por un comedor de lo más agradable y sube un desnivel, sobre el que hay una mesa y unas sillas Luis Algo junto a un ventanal, esta gente es tan rica que hasta tiene un desnivel. Allí la está esperando Bengt, al que le cuenta que era Einar en el teléfono y que le manda saludos. Junto a Bengt hay un bastón blanco, están jugando a algo en un tablero y toma la mano de Bengt para que apriete y suelte una palanca que libera una pelotita que se pierde o no en agujeros con las cantidades de puntos que valen sobre ellos. Angeta lo felicita y Bengt se enoja porque es obvio que lo deja ganar. Agneta se queja de que todo lo que ella hace le molesta. Bengt toma el bastón y camina por uno de los tres escalones que llevan al desnivel, llega hasta una puerta que da a un jardín, y cae de bruces en un camino de arena, detrás Agneta grita su nombre ¡Bengt!
Que sea interesante, que sea interesante. La cara de Bengt en la arena se funde a un plato con una cabeza de pescado y la cola, del espinazo se han comido todo. El plato y los cubiertos nos refuerzan la idea de que son gente de muy buen pasar. A la mesa están sentados la tía Beatrice, en cuya casa estamos, el tío Agustín, Agneta y Bengt. Hablan sobre alguien que se suicidó. La tía Beatrice está en contra de quitarse la vida, que hay que respetar los designios divinos a como dé lugar, que no hay rapto de desesperación que valga y que si  Dios no quisiera que el sufrimiento y el dolor no existieran no los habría inventado. Bengt sostiene la postura contraria, que la vida es propia y que está en nuestras manos la decisión de acabar con ella si es lo que queremos. Para cambiar de tema, la tía Beatrice toma la muñeca de Bengt y ve que ha llegado el nuevo reloj, levanta la tapa de vidrio, y pregunta si es fácil leer las manecillas, Bengt  contesta que no. Agneta sonríe y lo contradice y agrega que también llegó la máquina de escribir en Braille, Bengt dice que no le va a servir para nada porque no tiene a quién escribirle. La tía Beatrice pregunta si Bengt hizo hoy los ejercicios, Agneta contesta que no, porque no estaba de ánimo. La tía Beatrice dice a Bengt que cuando se vaya Agneta hará los ejercicios todos los días sin peros que valgan.

A continuación vemos salir a Agneta con una valija acompañada por la tía Beatrice que cubre sus hombros con un elegante chal de lana, llegan al porche y la tía Beatrice le pregunta al tío Agustín que trajina con el capó si hay algún problema con el auto, a lo que responde que ninguno, solo que es un poco mañoso para arrancar. Agneta le agradece que Bengt pueda quedarse allí, de otro modo no sabrían cómo se las arreglarían.

Por un cobertizo que hay a un costado de la casa, aparece una muchacha rubia, toda vestida de negro, que se acerca primero y se aparta después. La tía Beatrice la mira con sus impertinentes y pregunta si no es Ingrid. Es, entonces le pide que se acerque, y a la pregunta de cómo están las cosas por su casa, Ingrid responde que su padre ha muerto. La tía Beatrice la conforta y se la presenta a Bengt, a quien le pide que toque en el servicio funerario, Bengt dice que no puede hacerlo y al dar un par de pasos con su bastón blanco, Ingrid se da cuenta de que está ciego. Fundido a negro.
Pasamos al entierro del padre de Ingrid. Cuatro hombres llevan el ataúd, Ingrid va detrás. Entran al jardincito delantero de la capilla, el paisaje está manchado por una nieve temprana, el cielo está nublado. Desde un ángel con una trompeta que está cerca del techo, la cámara desciende hasta el órgano donde está sentado Bengt con las manos posicionadas para tocar, a su lado la tía Beatrice, que le dice que es hora de empezar. Ingrid mira hacia donde está el órgano, espera la música que no llega. Bengt parece que no va a poder tocar. Hay un poco de suspenso. Hay un primer plano del rostro de Ingrid, ya hubo otros en las otras películas, pero este es el primero que anuncia la expresividad que será uno de los rasgos distintivos del cine de Bergman. Es más, cuando por fin Bengt comienza a tocar, hay otro primer plano de Ingrid y ahora su rostro se dulcifica con la música, de modo que tenemos el inicio de los primeros planos como espías intensificadores de las emociones que dominan a los personajes femeninos, con el tiempo habrá primeros planos a hombres, pero serán los que reflejan a las mujeres los que singularizarán su cine. Que sea interesante, que sea interesante. Se ve ahora a Bengt al piano mientras repasa una partitura que está en Braille, con la mano derecha toca y con la izquierda sigue las notas. Percibe que la puerta se ha abierto. Cree que es el perro y lo llama: Roy, Roy. Lo busca tanteando el aire, se da con Ingrid que refriega el piso en cuclillas, entonces dice: Pensé que era el perro y resultó ser un gatito.
Ingrid deja el balde a un costado para que Bengt no se lo lleve por delante y sube hasta el cuarto de Bengt, vacía la palangana en la tina de baño que hay a un costado, porque el cuarto es tanto dormitorio como baño y toma de la cómoda un cepillo para lavarse la espalda y se peina con él frente al espejo, hasta que se da cuenta de que no es para peinarse. Lo suelta cuando ve a Bengt entrar y el cepillo rebota contra el piso. Ingrid le dice que le falta poco para terminar y él le dice que continúe con la limpieza del cuarto, que no le molesta para nada y va a sentarse a un escritorio en el que está una máquina de escribir Braille. Ingrid mientras tanto termina de tender la cama. Él deletrea con dificultad y se aprieta la nariz, se siente impotente y lo dice: Soy como un chico de 6 años que aprende a leer. Se para de repente y tira la silla, que se desfonda. Va a sentarse a la cama, se ve que en la pared cuelga un tapiz con un paisaje de Venecia y sus infaltables góndolas. Ella está por salir, abrazada a un cobertor. Él le pregunta adónde va y ella le dice que a comprar leche, él le dice que la acompañará. La música se ha puesto alegre y se los ve a los dos, muy abrigados, caminar por un paisaje nevado. Él se apoya tanto en el brazo de ella como en su bastón blanco. Ella saluda a unos conocidos con una reverencia. Después se adelanta, corta unas bayas que pone en boca de él, pero a él no le gustan. Siguen caminando y se topan con el vicario, que le dice a ella que venga a discutir su futuro cuando esté listo el testamento y a él que pase cuando quiera, que puede prestarle algunos libros, y cuando Bengt va a protestar le dice que Ingrid puede leérselos, ya que lee muy bien. Bengt se alegra, dice que no se le había ocurrido una idea semejante.
Vemos ahora a la Sra. Schröder sentada cosiendo en una vieja y hermosa cama, es su cuarto, que está pegado a la cocina. En la cocina, Ingrid le lee a Bengt un texto místico de almas en la oscuridad que golpean los barrotes del ser. Ella sigue el texto con el dedo mientras lee, él se ríe. Ella le pregunta de qué, él no quiere contestarle, aunque finalmente le dice que es porque lee con monotonía. Ella le pregunta cómo debería leer, él le dice que como habla. Ella llora en silencio, él se da cuenta, lleva las manos al rostro de ella y se moja los dedos con las lágrimas, le pide que no llore y que siga leyendo, ella recuerda que antes leyó un párrafo que le gustó, da vuelta atrás las páginas hasta que lo encuentra. Es un texto sobre el poder igualador de la educación, que ya no está circunscripta a las clases pudientes sino al alcance de todas, incluso las más pobres. La Sra. Schröder expresa su impaciencia y no les queda más remedio que dejar la lectura. Ella prende una vela para acompañarlo hasta su cuarto, pero cuando cierran la puerta de la cocina, la vela se apaga, pero él dice que no importa, que él la guiará. Cuando pasan por el armario de la ropa blanca, Bengt dice: Lavanda, y agrega que ha recuperado el olfato que tenía cuando era chico, y que hasta reconoce a la gente por el olor. ¿Huelo bien?, pregunta ella y él le contesta que sí, que huele a leche dulce. Al llegar a su cuarto, él le prende de nuevo la vela para que ella no se choque con nada. Ingrid cuando está en su pieza, toma el espejo de la pared y lo lleva a la mesa, cierra los ojos y se pasa las manos por su cara, quiere saber si se le notan las pecas al tacto. La Sra. Schröder se queja de que han leído mucho, Ingrid le dice que tenían permiso de quedarse hasta tarde y que leerán muchos libros, la Sra. Schröder le dice que nada bueno saldrá de eso. Mientras tanto, Bengt se ha puesto el pijama y ahora también en bata, se sienta al piano y poca un poco de Chopin, que con su romanticismo endulza la noche. Ingrid, en un largo y feo camisón, apaga la luz y se acuesta. Se repite las palabras sobre la educación que tanto le gustan: “…acceso al paraíso que es el conocimiento. Un derecho que el Estado reconoce como universal es el derecho a aprender. “ Se sienta en la cama, abre una pequeña ventana y mientras mira la noche, se dice que aprender es lo que quiere, dejar de tartamudear, de sentir vergüenza. Es curioso el contraste que dan las palabras teóricas sobre la educación y la música tan envolventemente romántica. Que sea interesante, que sea interesante. La Sra. Schröder despierta a Ingrid, que se despereza, se saca el camisón y ¡queda desnuda! ¡Desnuda! se para en un fuentón y se lava con una jarra, se la ve más de espaldas que de frente. Su cuerpo es escultural y firmes, turgentes sus senos. Mai Zetterling tiene por entonces 23 años, plenos y hermosos. De todos modos ¡un desnudo en 1948! Casi un desatino para cualquier cinematografía de entonces, salvo para la sueca, claro, que no tenían tanto tabú con el cuerpo, vestido o  desnudo. O no mucho, porque la Sra. Shröder, escandalizada, le pregunta si tiene que desnudarse por completo para lavarse, a lo que Ingrid responde que es así la forma correcta de hacerlo. Ingrid aprovecha y le pregunta si le puede dar un anticipo, porque quiere comprarse un rico jabón que huela a agua de colonia. Después se ve a la Sra. Schröder en el teléfono de pared hacer una orden al almacén, pide 5 kilos de harina y dos latas de anchoa, por detrás aparece Ingrid con una bandeja con cosas para el desayuno, sube raudamente la escalera sin volcar ni tirar nada.
Deja la bandeja en el escritorio al lado de la máquina de escribir en Braille, sirve la taza y después escribe en la máquina y deja en papel junto a la tetera. Aparece Bengt, sin pijama, pero envuelto hasta el cuello en la bata. Toma la nota que le dejó Ingrid y la lee: Gracias por una tarde tan agradable. Él baja las escaleras en busca de Ingrid, la encuentra al pie de las mismas, detrás del barandal, él se sienta en la escalera y le pregunta si ella escribió la nota. Pregunta medio boba por su obviedad, ella le dice que sí y él señala que es curioso, que lleva meses procurando aprender a dominar la máquina y que ella lo logró en minutos, en un ataque de modestia, ella le dice que solo sabe usar las teclas con las letras. Bengt pasa la mano por el barandal para tocarle la cara, ella le muerde el dedo con ternura, él como apelativo la llama siempre corderito y ahora ella le dice que los corderitos hacen eso, de morder los dedos, por las mañanas cuando uno se les acerca y que la lengua de los corderos es áspera, erotismo inocente, pero erotismo al fin. Primer plano de un gran sobre que dice Real Academia de Música. La mujer que lo sostiene pregunta si lleva también dinero. Ingrid asomada por una pequeña ventanilla del inmenso mostrador le dice que no, detrás está Bengt, están en una oficina postal, claro. Ojalá me dejen entrar, dice él, a lo que ella replica que toca muy bien, que le pone siempre la piel de gallina cada vez que lo escucha.
A continuación se ve a Bengt sentado al piano, a su lado la tía Beatrice que le marca el tempo y le dice que lo haga de nuevo, más ligero, pero no staccato. Él se queja, pero ella es exigente y no admite renuncios. Entra Ingrid con una bandeja con cosas de café.  La deja, ellos se lo agradecen,  y sale. La tía Beatrice comenta que es maravilloso cómo ha evolucionado Ingrid. La tía Beatrice le dice que necesita una esposa que lo cuide. A lo cual él responde que si es por eso bien podría casarse con la sirvienta. La tía Beatrice le dice que no haga esos comentarios, a lo que él añade que las hay mujeres peores. ¡Ingrid lo ha escuchado! No se había alejado lo suficiente para no oírlo. La tía Beatrice le dice que no se haga ilusiones, que a lo mejor ella no lo quiere, a lo que él dice que entonces no existe su “último” recurso. Ingrid, entre muy dolida y muy ofendida, se aleja, caminando de espaldas, que es lo que uno hace siempre toda vez que se escucha una verdad aterradora. Que sea interesante, que sea interesante.
Que sea interesante, que sea interesante. Aparece un inmenso cartel que dice: Real Academia de Música y detrás, claro, la Real Academia de Música. Ahora se ve a Agnetta, sentada en un pasillo contra un tabique-ventanal con vidrios, detrás un tumulto nervioso de personas que se preparan para audicionar. Entonces se ve a Bengt tocar una pieza con maestría, una mesa de gordos y viejos maestros lo escuchan con atención, uno se para, pone las manos en los bolsillos de su pantalón, muestra orgulloso la cadena del reloj que reluce sobre su chaleco y se acerca al piano. Es obvio que duda. Bengt termina su impecable ejecución. Luego se lo ve sentado al lado de Agnetta en el pasillo. Se ve pasar a los viejos y gordos maestros. Un hombre mayor coloca la lista de los aspirantes en un pizarrón, todos se arremolinan para ver cómo les fue. Agnetta se une a los ansiosos y busca en la lista en nombre de Bengt. Algunos festejan, otros se entristecen. Agnetta regresa cabizbaja, evidencia que no le ha ido bien a Bengt. Por estos tiempos, la superación de una minusvalía no era apreciada como el triunfo de la voluntad, pesaban más los inconvenientes de formar un ciego, por más talento que tuviera. No eran épocas de integración sino más bien de marginación. El modelo espartano más que el griego. Agnetta toma a Bengt del brazo, lo ayuda a incorporarse y se lo lleva. Que sea interesante, que sea interesante. Primer plano de un aviso clasificado en un diario. Dice: Restaurante necesita pianista, dirigirse al Hotel Ritz. Ahora vemos a Bengt presentarse ante un hombre robusto con camisón y gorro de dormir que retoza en medio de una cama destendida, lo asiste un hombre alto y flaco. Se saca el gorro de la cabeza, se lo da al hombre flaco y le pide que le traiga una cerveza bien fría, curioso desayuno. Sale de la cama y primero se queja de que Bengt haya llegado tan temprano y después le pide que se siente al piano y toque algo. Bengt le pregunta dónde está el piano, el hombre robusto se ríe y pregunta si le está tomando el pelo. Bengt le dice que para nada, que es ciego. El hombre robusto, a modo de disculpa, le dice que si tuviera su resaca comprendería que tampoco él ve mucho, lo toma del brazo y lo lleva al piano. Bengt pregunta qué quiere escuchar, algo bonito, le responden. Comienza, pero lo interrumpe, lo que toca no es bonito. Toca un poco de Chopin y eso le gusta más al hombre robusto, dice que no es particularmente de su agrado, pero que como es un restaurante de primera, es lo que los clientes mejor aprecian. Bengt pregunta si esto también los complacerá y ataca una alegre melodía de jazz, bien, dice el hombre robusto, esto gustará mucho cuando quieran bailar, aunque él prefiera Mi abuelo baila el vals, pieza que Bengt comienza a tocar y que el hombre robusto tararea, toma la botella de cerveza que le alcanza el hombre flaco y alto y le dice que si bien no es lo que tenía en mente, por ahí a las mujeres les gusta, le ofrece a Bengt 400 mensuales, más la comida y una cerveza gratis por día, que el alojamiento es cosa de Bengt, aunque le puede conseguir algo, le aclara que tiene que ponerse un esmoquin, Bengt aclara que no se lo pondrá por las mañanas porque no es elegante y no es un camarero, el hombre robusto se ríe y dice que lo discutirán en otro momento.
 Que sea interesante, que sea interesante. Ahora se ven dos calles paralelas en desnivel, unidas por una ancha escalera, por el pasamanos se desliza un muchachón torpe y un poco bobo, se oye un taladro eléctrico, el muchachón llega al nivel inferior pero no cae en sus pies sino desparramado por el piso, se para y corre entre los obreros que taladran el empedrado, tira de una patada el andamio que sostiene el cartel de cuidado y lo patea, vaporiza así la furia por haberse caído. Entra corriendo a un cuarto atiborrado de muebles y tira los que se interponen en su camino, o sea una mesita, un perchero y una silla. Carta, carta, grita y llega hasta Bengt que está sentado frente a un fonógrafo. El muchachón se sienta en la cama y le pregunta si quiere que le lea la carta, Bengt accede. Es de la tía Beatrice que le cuenta que están bien, Agustín y ella, y que Ingrid está a punto de graduarse. Habla también de la vejez y de la soledad y de cómo nos integramos al gran plan, lo que al muchachón le parece una gran estupidez. Bengt le dice que lo lleve al restaurante de inmediato, que se ha hecho tarde. Bengt se pone el saco y toma el bastón, el muchachón aprovecha y saca de la cómoda que está junto a la puerta una botella de perfume y se lo tira en el pelo. El muchachón no puede abrir la puerta y se pone fóbico, Bengt lo tranquiliza y le pide que la destrabe con cuidado. En la calle el muchachón lleva a Bengt a los tumbos, literalmente, tanto es así que lo tira cuando llegan a la escalera por la que cayó antes. Vemos ahora el restaurante, tiene desniveles separados por hermosas rejas decoradas. El dueño robusto, de frac, se pasea entre las mesas y palmea a los clientes que han venido por primera vez a modo de bienvenida. En una tarima, un violinista con un pullover a cuadros acomoda unas partituras en un atril, el plano se amplía y vemos a Bengt también con el mismo pullover que el violinista. El dueño robusto dice cuando pasa junto a ellos que parecen dos salchichas, y como el violinista no se ríe ni sonríe, lo acusa de no tener humor, cuando el dueño robusto se va, el violinista se la agarra con Bengt, al que trata de aficionado porque no sabe tocar el Ave María de memoria, le ordena entonces que toque La oración de la doncella y arremeten con dicha melodía. Vuelve a pasar el dueño robusto, seguido ahora por el hombre flaco y alto. El dueño robusto al llegar a un armario lateral, lo abre y toma una copita de jerez que ya está servida. El hombre alto y flaco por detrás hace el gesto de arquearse y tomar, el mismo que ejecuta delante el dueño robusto. Entran a la cocina, que está en pleno ajetreo, el muchachón mete los dedos en una especie de salsa y se los chupa. El chef empuja al chico para que deje de hacer lo que hace, una mesera empuja al chef para que no empuje al muchachón, el dueño robusto empuja a la mesera para que no empuje al chef. Todos se miran y el dueño robusto le da un cucharón al chico para que deje de meter los dedos y antes de salir le da un cachetón que lo despeina y sale con la camarera, a la que le dice que el muchachón no puede estar en la cocina, a lo que ella contesta que no tiene otro lugar donde comer, que la madre trabaja y que el padre se desentiende. Es una mesera talentosa, lleva una bandeja grande, llena de cosas y nada se le cae. El dueño robusto la llama Hjördis y le dice que tiene sentido del humor mientras le toca con fruición el trasero, estamos lejos todavía de la noción de acoso y de su castigo social, tanto es así que a ella le resulta natural.
La bandeja era para la mesa de los músicos, mientras Hjördis los sirve, Bengt le pregunta al violinista si hay algo interesante en el diario que lee, no, le responde el violinista. Hjördis le dice a Bengt que coma porque está tan flaco que la gente podría pincharse con él, el violinista le pregunta a Hjördis si habla por experiencia propia, si ya se ha pinchado con Bengt, a lo que responde pidiéndole que se dirija a ella como Srta. Hjördis y se va, después de servirle cerveza a Bengt. Otra vez solos Bengt le pregunta al violista (interpretado por el actor que muchos años después será el inolvidable reverendo protagonista de Luz de invierno, el inmenso Gunnar Björnstrand, pero no nos apuremos que ya llegaremos a eso) por qué todos se odian en ese restaurant, a lo que el violinista de apellido Klasson que es por culpa del dueño robusto que todo lo envenena. Bengt dice que es un hipopótamo al que es difícil herir por su piel tan dura. Klasson responde que si quisieras herirlo, darías tu alma inmortal para hacerlo, por las veces que te ha pisado y escupido, pero que no es posible porque nada penetra el cuero de ese hipopótamo y que por eso algo se muere dentro de uno (este guión no es de Bergman sino de la autora de la novela en la que se basa, o sea Dagmar Edqvist, pero estas líneas deben ser de Bergman, porque llevan su marca en el orillo) En la pausa, se cuela la voz de una mujer que desde la escalera que lleva al piso central del restaurante dice que no es un buen lugar, que no pueden quedarse ahí. El violinista Klasson levanta la vista y se maravilla ante la mujer que ve, ¡Qué mujer!, dice. El hombre que la acompaña le pide que al menos coman ya que están ahí. Ella mira a los que comen y descubre a Bengt. Ya estaba decidida, pero ver a Bengt, la vuelve inexorable en su decisión. Y vuelve a subir la escalera llevándose a su acompañante a la rastra. El violinista Klasson la describe la mujer a Bengt: Pelo de ángel, teñido, claro. No, lo contradice Bengt, no era teñido, porque la ha reconocido por la voz, es ¡Blanche!, su exprometida. Como ve que está con la mente en otra cosa, el violinista Klasson aprovecha para pedirle prestado 10 coronas. Bengt toma su billetera y le da un billete. Me estás dando uno de cinco, le dice el violinista Klasson. Son de 10, porfía Bengt, me los dieron en el correo. Son todos de cinco, le aclara el violinista Klasson. Bengt se da cuenta de que lo están robando y decide ir a la policía. El violinista Klasson le dice que no vaya, que el que los roba es el dueño robusto, y agrega: Somos sus esclavos, debemos aceptarlo. Bengt declara que no está dispuesto a aceptarlo, a lo que el violista Klasson agrega: Es mejor que te engañen por malicia y no por lástima. Que sea interesante, que sea interesante. Bengt entra con la ayuda de su bastón blanco a la pieza atiborrada de muebles en la que vive. El muchachón se está probando una corbata de Bengt frente al espejo. Bengt lo acusa de haberle estado robando, haciéndome el cambiazo, dice. El muchachón primero niega, después pregunta cómo lo descubrió. Bengt y el muchachón pelean por toda la habitación, haciendo desquicios, tirando cosas, desgarrando cortinas y manteles. A pesar de la ceguera o de pura furia, Bengt da una buena pelea. Cuando se ve perdido, el muchachón se pone a gritar. Aparece su madre que los separa e inmoviliza a Bengt para que el muchachón lo golpee. La mujer desmiente que su hijo pueda robar y amenaza a Bengt con acciones legales que le costarán caras. Bengt queda solo y vapuleado, física y emocionalmente.  Que sea interesante, que sea interesante.

Está recostado dormitando cuando se le aparece el dueño robusto. Le cuenta que la madre del muchachón está hecha una furia y que si él intercede quizá acepte una disculpa por parte de Bengt. Obviamente Bengt no quiere saber nada, dice de acusarlos ante la policía. El dueño dice que no le conviene para nada porque la madre puede acusar a Bengt de haber querido abusar del muchacho, que cuando entró los vio pelear, o quizá más bien vio al muchachón defenderse de un ataque sexual. Bengt se enfurece, tanto que asusta al dueño robusto. Bengt termina por cansarse y se sienta. El dueño robusto da todo por concluido y le dice que ya es hora de ir al restaurante. Bengt dice que no volverá más, pero el dueño robusto le recuerda el contrato firmado, entonces Bengt acepta ir. Que sea interesante, que sea interesante. 
Sigue una parte que es casi de un documental, se ve una escuela para niños ciegos. Una clase en la que leen colectivamente con el sistema Braille, una clase de carpintería y otra en la que hacen canastos de mimbre, se los ve deambular por los pasillos hasta que un grupito entra en un auditorio donde videntes y no videntes escuchan con fruición a Bengt que toca con maestría una pieza clásica. No hay aplausos cuando termina porque la escena se funde con otra en la que está afinando un piano, mientras que en un costado, otro pianista ciego toca una alegre pieza de jazz. Entra un hombre que se presenta como el Director del Departamento de Música, le pregunta por qué se dedica a afinar pianos siendo todo un músico, Bengt le dice que la Academia de Música no lo considera uno de ellos y que ya está harto de los restaurantes, así que prefiere ser pobre antes de volver a trabajar en restaurantes, el Director del Departamento de Música le informa que da cursos para organistas, que venga, que podría obtener un puesto de organista en alguna parroquia pequeña. A Bengt no le desagrada la idea, tiene un reparo, sin embargo, es ateo. El Director del Departamento de Música le dice que es la costumbre de todas las parroquias, que si el vicario es creyente, el organista es ateo y viceversa. Agrega que debe conformarse con un puesto menor, que puede aspirar a más, Bengt se niega y aduce que solo quiere existir y nada más, el Director del Departamento de Música le dice que no tiene derecho a ser tan modesto con el don que le ha sido dado, que los no videntes lo necesitan, que puede ser un ejemplo para ellos. Bengt se niega con obstinación y sigue afinando el piano. El Director del Departamento de Música se retira. Que sea interesante, que sea interesante.

Ahora es de noche, Bengt viene caminando detrás de una pareja de ancianos por una calle que bordea un parque, al fondo de la calle se ven las luces de un circo, por eso es circense la música que se escucha. De repente oye una voz femenina que hace un comentario gracioso sobre la pequeñez de su cuarto, no es la mar de gracioso, pero los dos hombres que la acompañan se ríen como si lo hubiera sido. Bengt reconoce la voz de inmediato y sin dudarlo la llama en voz alta: ¡Ingrid!, mientras se acerca al grupo. Ella le presenta a sus amigos, que dicen apellidarse Larsson y Nord. Ingrid cuenta que acaban de dar examen y que ahora seguirán el bachillerato. Uno de los hombres aclara que lo harán en su tiempo libre y el otro agrega que cursarán por correspondencia. Le preguntan a Bengt si va a la escuela de ciegos, contesta que sí y se disculpa por molestar, por haberse entrometido, Ingrid le dice que no interrumpió nada, solo que la sorpresa es grande, los hombres se disculpan y se van, Bengt extiende la mano y roza el abrigo de Ingrid a la altura del codo, Ingrid le ratifica que se trata del mismo abrigo que él ya conoce, Bengt le pregunta si puede apoyarse en su hombro, Ingrid le dice que claro, y caminan por la noche neblinosa, ella de repente se para, se da vuelta y le pregunta por cómo la reconoció, él le dice que por la voz, que fue como ver un rostro familiar a pleno sol, que fue una gran alegría, alegría que ella parece no compartir, él le pregunta si no está molesta porque le espantó a los pretendientes, ella le dice que de haber querido bien pudo irse con ellos, él le pregunta por las cartas que ella nunca le contestó, ella le dice que por raro que le parezca no sabía cómo dirigirse a él, que era lógico que él pensara que ella era una idiota, que no era fácil para ella llamarlo Bengt, y que si recién lo hizo antes sus amigos fue porque la situación la obligaba, que por cómo se habían conocido él siempre sería el Sr. Vyldeke, él vuelve a llamarla cariñosamente mi pequeña y querida Ingrid, ella le dice que no le diga así porque no es ni pequeña ni querida, que no le gusta que la gente le diga a sus espaldas que es “la sirvienta”, él niega haber hecho semejante cosa, ella le afirma con determinación que sí lo hizo, por eso ahora se conforma con estar con los de su misma clase y se va dando grandes pasos, él le ruega que no se vaya, ella se detiene, él llega hasta ella, la toma de los brazos y le dice que aunque hubiera hecho lo que hubiera hecho si no era acaso suficiente venganza la situación en la que se hallaban, porque ella estaba subiendo en el escalafón social mientras que él bajaba, que pronto sería una maestra con una buena posición en la sociedad, mientras que él es apenas un afinador, un músico de café o algo así, ella le dice que no hable así, que es cruel, él le dice que lo mejor es aprender a aceptar la verdad, ella lo mira con ternura y le dice que no será la verdad con él, Bengt le confirma que quizá no toda la verdad, o que al menos así lo espera, y agrega que si ella supiera lo dulce y auténtica que es, nadie podría hacerle daño, le dijeran lo que le dijeran, de repente él se da cuenta de que llovizna, ella se ríe y le confirma que desde hace rato que llueve, él la invita a ir a su casa, que no tema, que es un sitio muy decente, ella accede y mientras se alejan, se oye el ladrido de un perro. Nos damos cuenta entonces que toda esta conversación sentimental, cursi quizá, gracias a todos los cielos no estuvo subrayada por música melosa, lo que la hizo más punzante y nada artificial. Que sea interesante, que sea interesante. Ingrid y Bengt entran a un cuarto, que al menos no está atiborrado de muebles, él aprovecha la confianza que se tienen para preguntarle de qué color es el empapelado de la habitación, entre el de la avena y el verde, difícil de explicar, responde ella, recuerdan cuando ella le leía en la cocina de la casa Schröder, él le dice que le encantaba, ella le propone volver a leerle, él no quiere aceptar porque ella debe tener mucho por hacer, ella insiste, que pueden ayudarse mutuamente, que casi la rechazan en la escuela por no saber tocar el piano, y que no solo a ella podrá ayudarla, sino a sus amigos también, ¿con qué?, quiere saber él, con el vocabulario, los desdichados tenemos que unirnos, recuerda que es algo que siempre le dice Ebbe, pero ¿quién es Ebbe?, ya lo sabremos, sigamos con Ingrid y Bengt, ella le dice que ahora están en el mismo nivel social, porque a juzgar por las apariencias él está tan pobre como una rata, él sonríe y dice que hace tiempo que deseaba ser él mismo con alguien, y le reclama que no lo haya extrañado, y cómo quiere saber cómo está ella ahora le pregunta si puede comprobarlo, ella le dice que no hay problema alguno y le recorre los hombros primero y la cara después, mientras ella le cuenta que ya no encorva la espalda como antes, que ahora se para con rectitud, él se extasía con su rostro y le dice que está muy hermosa, ella le dice que no pensaba así antes, que ni notaba que existía, él se lo niega, pero cuando está por dar un paso más, decirle algo más tierno aún o besarla, ella lo detiene, él le pregunta si tiene miedo, ella contesta que no, pero que debe irse, espero que volvamos a vernos dice él con resignación casi, pero quedamos en eso lo corrige ella y sale, cuando se sabe solo, Bengt lleva los puños a sus ojos y suena una fanfarria muy pero muy dramática, apaga la luz y se deja caer de espaldas en la cama, mientras la fanfarria muy dramática alcanza su culminación. Que sea interesante, que sea interesante.


Ahora se ve a Ingrid llegar al cuarto de Ebbe, tan pobre como el de Bengt, Ebbe lava una camisa en una palangana, le dice a Ingrid que pensaba que no iba a venir, ella le dice que tenían mucho que decirse, él le reclama que nunca le hablara de él, ella le dice que fue hace mucho,  de cuando estaba en la casa Schröder, y le quita la camisa porque la está lavando mal, él se va hacia un rincón y se pone a estudiar, antes comenta que a Bengt le convendría mejor estar muerto, a lo que ella responde que el muerto bien podría ayudarlo con el francés, el idioma, claro. Que sea interesante, que sea interesante.
 Ahora se ve a Bengt fumar en oscuridad de su cuarto, sigue recostado, la ventana que está al lado de su cama está abierta, de pronto oye que alguien llora, se levanta y abre la puerta de un cuarto contiguo, le pregunta al hombre que llora sentado en su cama si quiere hablar, que no hay problema, que él no puede dormir, el hombre dice que tampoco puede dormir, que es difícil acostumbrarse a que no haya diferencia entre el día y la noche, pero que lo peor no es que luz y oscuridad sean palabras sin sentido, ni ser pobres como ratas, sino que lo peor es no estar con Elsie, su esposa, que estaban recién casados y que justo viene a pasarle esto a él, reanuda su llanto terrible, Bengt le pide que no se queje, que él al menos tiene una mujer que lo espera, el hombre pone en duda si Elsie pueda esperarlo, que es muy alegre y llena de vida, que no puede escribirle ni leer las cartas que ella le envíe, es más que tiene ya dos, busca bajo de la almohada y las saca, Bengt le propone pedir ayuda en la escuela, que allí alguien podrá leérselas, el hombre se asusta no lo considera posible, confiesa divertido que las cartas de Elsie son demasiado íntimas, que hasta mandó una foto, porque este cortoncito no puede ser otra cosa, y sí efectivamente es una foto de una mujer en bikini en una pose sensual, sentada en la proa de una lancha, los dos hombres se pasan la foto y surge con nitidez la crueldad y la ironía que ninguno de los dos pueda verla. Que sea interesante, que sea interesante. 

Volvemos al cuarto de Ebbe, Ingrid cuelga un dibujo en la pared, Ebbe se acerca y ve que se trata de una caricatura de él sosteniendo un mástil con  banderín, y reta a Ingrid por reírse de algo tan serio, no me río, lo corrige ella, sin duda serás un gran hombre, agrega, no lo hago por mí, aclara él, por supuesto le dice ella, harás grandes cosas por todos, él intenta acercarla, pero ella lo rehúye, le aclara que esta noche quiere estar sola y le pregunta si a él no le pasa, no, le responde, no quiero separarme de ti, agrega, él insiste, pero ella no da el brazo a torcer, así que la deja ir, se da cuenta, claro, que ella está pensando en Bengt. Que sea interesante, que sea interesante.

 En el cuarto de Bengt, Ingrid, Effe y Bengt escuchan el final de un gran concierto, terminado el mismo, Ingrid intenta levantar las cosas del té que han quedado sobre la mesa, Bengt se lo impide, ya no tienes que servir, le dice, mientras las carga, Effe se burla, ¿dónde están mis modales?,
 Ingrid se sienta al piano y practica un ejercicio, no le sale bien, y eso que lleva meses intentándolo, dice, Bengt sin apartarla, prácticamente la abraza y le indica cómo debe hacerlo, al terminar quedan embelesados, Effe lo nota y se despereza sonoramente estirando sus músculos, Ingrid  le cuenta a Bengt que Effe tiene que hachar un árbol, que comience con la planta del rincón,
, propone Bengt a modo de chanza, hagamos mejor una pulseada, se le ocurre a Effe, pulsean, y aunque Bengt se la hace difícil, Effe termina por ganar, Ingrid se prepara también para irse, la mujer se va con el ganador, pronuncia Bengt, Ingrid se ofende, Effe le aclara que es una broma y le pide a Bengt que no diga esas cosas porque Ingrid está muy sensible últimamente, hay que tener cuidado con los ciegos, dice Bengt, porque de repente ven cosas, ¿qué pasa?, pregunta Effe y agrega que no hay quien los entienda y que todo se está poniendo muy dramático, Ingrid lo acalla, pero Bengt le pide que no se moleste y los echa a los dos, Effe le dice que se irá encantado, Ingrid se va en silencio, muy dolida. Que sea interesante, que sea interesante.
 A continuación vemos una muñeca perdida bajo una cama, una mujer la toma mientras pregunta si sabe Ingrid dónde está su otro zapato, sí, es la compañera de cuarto de Ingrid, Sylvia. Ingrid se arregla frente a un espejo, arriba del mismo hay un cuadro y al lado del cuadro una foto de Cary Grant. Sylvia dice que tiene suerte de bailar con Ebbe, porque su pretendiente, Anton, siempre la pisa. Por supuesto hablan de un baile al que concurrirán, para el que han preparado unos bocaditos, en algún momento de la conversación Sylvia se da cuenta de que Ingrid tiene puesto el zapato que buscaba. Ingrid le informa que dará un paseo. Que sea interesante, que sea interesante.
 Bengt toca el piano en su cuarto, Ingrid lo llama desde la ventana, le pregunta si siguen siendo amigos, Bengt le pide disculpas por haber estado tan irritable la última vez, ¿no es hoy tu baile?, le pregunta, sí, contesta Ingrid, pero quería que me vieras le dice, él le ratifica que huele muy bien y si ya tienen puesto el vestido, y si es nuevo y de qué color, azul, le contesta ella, y toma las manos de él para que compruebe que tiene también margaritas en el pelo, pensarás que soy una tonta, le dice, no, replica él, creo que estás hermosa, lo invita a ir con ella, él le explica que no puede, pero que sí puede acompañarla un rato, sale entonces por la ventana y se van caminando juntos, ella se detiene y le pregunta por qué fue tan desagradable la última vez, los rivales no simpatizan entre sí, aclara él, ella lo corrige, Effe no te ve como rival, por supuesto, replica él, como rival, no, heriría su orgullo de hombre sano y fuerte, porque él ve, agrega, eso me convierte en alguien inferior, pero no lo eres, insiste ella, sí, le dice él, sin duda Effe no pasó una noche en vela en su vida, ¿cómo lo sabes?, agrega ella y le cuenta que el padre de Effe fue condenado por asesinato y que Effe solo tuvo que mantener a su familia, gana Effe otra vez, se resigna Bergt y le pregunta si estaba en lo cierto respecto a la relación entre Effe y ella, Ingrid no responde y se va corriendo. Que sea interesante, que sea interesante. Vemos a Bergt entrar a un bar, una joven lo toma del brazo y los lleva a donde está el hombre ciego que es su vecino de cuarto, lo invita a escuchar un concierto que darán por radio, el hombre ciego le dice que no puede, que esa misma noche llegará Elsie, su esposa, e invita a Bergt a que lo acompañe a la estación para saludarla, Bengt primero se niega pero ante la insistencia del otro, acepta. A continuación se los ve a los dos, a Bengt y al hombre ciego, claro, sentados en la sala de espera de una estación, Bengt se queja, que no debió venir, el hombre ciego lo calla, que ha llegado un tren, pasan al lado de ellos los pasajeros que bajaron del tren, una mujer elegantemente vestida se acerca al hombre ciego, lo toma del brazo y lo pone de pie, lo acerca a ella, se toman las caras con las manos, felices de reencontrarse, Bengt se pone de pie y estira la mano para que Elsie se la estreche, pero ya es tarde, Elsie y el hombre ciego ya se han ido, dejándolo solo. Bengt deja la sala de espera e intenta cruzar las vías, un operario le grita que tenga cuidado, pero Bengt sigue adelante y se salva de pura casualidad, lograr cruzar todas las vías, pero cae cuando llega al otro lado. Pasamos al baile, Ingrid y Effe bailan un vals, no se los ve particularmente felices, ella se para y mira hacia afuera, se separa de Effe y va a un costado de la pista, Effe se acerca y le pregunta qué le pasa, ella le contesta que oyó a alguien gritar, estás rara, le dice Effe, ella concuerda con que todo es raro esta noche, corte, volvemos a Bengt que corre a lo largo de una vía, bien en medio de los rieles, lo persigue un tren que lo pita para que salga de las vías, corte al baile, Ingrid sola corre por un pasadizo paralelo al salón de baile, corte a las vías del tren, los maquinistas frenaron el tren y se bajan a ver cómo está el hombre tirado al costado de las vías, uno reta a Bengt con un fíjate por dónde vas, pero el otro le muestra el bastón blanco y el maquinista que lo retaba se calla comprendiendo la situación y apartándolo de las vías, corte al baile, Ingrid camina entre las parejas danzantes, cuando pasa a su lado, Effe la detiene y le pregunta a dónde va, ella no le contesta, lo aparta y sigue su camino hacia la puerta de entrada, corte a una mujer mal trazada que está tirando la basura y se asusta por una rata, se topa con Bengt que está a un costado de un tendido de ropa, avanza a tientas porque ha perdido su bastón, anda desorientado, se aposta contra un farol. Corte a Ingrid que ha ido a buscarlo a su cuarto, en el que por supuesto no está. Corte a Bengt que está en medio de un puente, no soporto más, le dice a las aguas neblinosas, Ingrid llega corriendo, Bengt, te estuve buscando, le dice, llega hasta él y lo abraza, sentí que estabas perdido y que no podía encontrarte, añade, creí que no te encontraría nunca más, llega Effe y la increpa por haberse ido de improviso, Bengt lo insta a que no le hable así, que Ingrid no es de su propiedad, Effe le pide que no se meta, que esto solo le incumbe a Ingrid y a él, es cosa mía también, porfía Bengt, Effe se acerca a Ingrid para llevársela, Bengt se interpone y Effe le pega una trompada haciéndolo trastabillar y caer, Beng se pone de pie y toma la mano que Ingrid le extiende, Bengt le agradece a Effe porque es la primera vez en que lo trata como una persona normal, añada que ya nada puede interponerse entre Ingrid y él, Effe mira a Ingrid, comprende que lo que dice Bengt es verdad, acepta la derrota y se va. Que sea interesante, que sea interesante.
 Ahora vemos a Ingrid y Bengt sentados uno al lado del otro, frente al reverendo que conocimos al principio de la película y que sabemos que es el tutor de Ingrid. El reverendo está impidiendo que se casen, les dice que es su deber como tutor de Ingrid hacerlo, Bengt le dice que no puede impedir que se vayan a vivir juntos, el reverendo le pide a Bengt que la deje terminar los estudios primero, Ingrid expresa que no quiere esperar, que ya lo ha decidido, Bengt considera que quizá el reverendo tenga razón y que convenga esperar a que ella se reciba, Ingrid porfía que ya no es una chica y que sabe lo que hace, el reverendo pasa a los aspectos más prácticos, le pregunta a Ingrid cuándo tardará en recibirse y conseguir un trabajo, tres años, le responden, ¿de qué vivirán hasta entonces?, les pregunta, tengo una beca, dice ella y él agrega que tiene una pensión y una ayuda, igual necesitarás un trabajo, le dice el reverendo a Bengt, claro, contesta Bengt, el reverendo le recuerda que solo hay un organista ciego en toda Suecia, entonces ¿no vale la pena intentarlo?, lo apura Bengt, no he dicho eso, se defiende el reverendo, Bengt e Ingrid insisten con la idea de casarse, ¿rechazan mi consejo?, concluye el reverendo, la cámara toma el rostro desafiante y decidido de Ingrid cuando dice Sí, y entonces finalmente el reverendo accede. Que sea interesante, que sea interesante.
 Estamos en la Casa Schröder, Louise e Ingrid están poniendo la mesa del banquete de bodas, la Sra. Schröder o sea la tía Beatrice, elegantísima con un vestido negro de gran cuello, da vueltas alrededor de un chico que toca la Marcha Nupcial en violín. Agustín tuvo problemas con el mástil al izar la bandera, por suerte los superó. Louise no está feliz con el casamiento, dice que la respetaba más cuando pretendía ser maestra y no ahora con este empecinamiento de casarse, le pregunta si está embarazada y se muestra más que sorprendida cuando Ingrid le asegura que no. Ingrid sube a ver a Bengt que está en la habitación que tuvo cuando vivía en esta casa. Él le propone huir en el auto de Agustín y ser solo amantes durante los próximos 80 años, sin embargo más allá de las bromas, expresa la duda de si no está arruinando la vida de ella, ella lo abraza y le dice que ni se le ocurra pensar semejantes cosas. Que sea interesante, que sea interesante.

A continuación vemos al mismísimo reverendo vicario casar a Ingrid y Bengt, detrás de los casamenteros vemos a una emocionadísima tía Beatriz, ladeada por el infaltable Agustín, claro, junto a la puerta, Louise y en el otro extremo, Agnetta. No vemos el banquete, pero sí cuando Agustín los lleva a la estación en el auto, a los mencionados en la escena anterior, se suma en el porche el chico violinista. Que sea interesante, que sea interesante. Ahora vemos a Ingrid y Bengt ubicarse en un compartimento de tren, antes pasan por uno en el que se ve a una mujer y a un hombre, el hombre que tiene una boina y que lee un diario no es nada más ni nada menos que ¡Ingmar Bergman!, copiando a Hitchcock, claro, el extra que es Bergman deja el diario sobre el asiento, se pone de pie y sale al pasillo, por donde venían Bengt e Ingrid. Ingrid y Bengt ya en su compartimento, frente a frente, se estudian. Él le pregunta si no quiere dejar todo como estaba, ya es demasiado tarde, le responde ella, el tren ya dejó la estación, añade, ella lo toma de la mano y lo lleva a la ventanilla, ¿no oyes las ruedas?, pregunta él, solo oigo tu corazón, le contesta ella y agrega, ¿te das cuenta de que nos vamos juntos?, sí, contesta él y añade, no es un tren cualquiera, no, concuerda ella. Se los ve muy felices. Fin. 


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