jueves, 22 de febrero de 2018

Mi vida con Bergman - Capítulo 5


Lo primero que llama la atención en el guión de Hets es su solidez. Sí, es un melodrama de aquellos, pero con una cohesión, una progresión dramática, una construcción que sorprende. ¿De dónde sale tanta sabiduría? La respuesta es simple: del teatro.


Ingmar llega a su primer guión después de haber montado 33 obras hasta el año 1943, y 40 si se cuentan también las que montó en 1944. ¡33 obras! Casi el currículum entero de un puestista promedio con toda su vida en el teatro. Y había de todo en este repertorio, Shakespeare, Strindberg (no muy popular por aquellos tiempos), obras contemporáneas suecas, clásicos recientes, espectáculos de cabaret (género que entre nosotros sería una mezcla de lo que conocemos como café-concert y el music-hall tradicional), pantomimas, obras para niños, piezas experimentales, hasta desfiles navideños con su pesebre. En resumen, comedia, drama y music-hall, en sus variables para niños y adultos.


Su debut en el teatro es tan de pura casualidad que no es sino una predeterminación, el cumplimiento de un destino. Iba a revolver, comprar libros y conversar a una librería del padre de Erland Josephson (una amistad de toda la vida, como puede comprobarse con esta anécdota), allí es contactado por Sven Hansson, uno de los hombres que gestionaban el departamento de teatro del Mäster Olofsgården, una especie de centro cultural, si no entendí mal. Sven Hansson le pregunta al joven Bergman, por entonces tenía 19 años si no le interesaría dirigir el grupo de teatro que se había quedado sin conductor. La respuesta no se hizo esperar, hubiera sido ilógico que no fuera afirmativa, Ingmar jugaba con linternas mágicas y teatritos de marionetas y títeres desde que tenía uso de razón, pero esa es otra historia de la que hablaremos en otro momento.


Ingmar ni les pregunta qué estaban ensayando y les propone montar Outward Bound (Con dirección a sería una traducción más o menos fiel) obra inglesa de 1923 escrita por Sutton Vane, que Bergman había visto unos años antes con su padre y que le había impresionado mucho. Se consideró que era una obra difícil para unos aficionados, pero coincidía con algunos aspectos del Bergman posterior y además definía una de las características de este Ingmar temprano, no porque trabajara con aficionados iba a menoscabar sus ambiciones. Serían aficionados que presentarían trabajos tan dignos y acabados como los de los profesionales.


Esta obra de Vane trata sobre 7 personajes que están en el bar de un trasatlántico y no recuerdan muy bien quiénes son y no saben adónde se dirigen, después comprenden que están muertos y que un Examinador los interrogará y decidirá si irán al Cielo o al Infierno. Una obra como anillo al dedo para la capilla donde debía representarse. Se la podía revestir de alegoría espiritual o de auto sacramental moderno. En el estreno hubo un murmullo de desaprobación porque el altar central que no podía moverse por estar pegado al piso se transformó en la barra del bar del barco. Y el mismísimo Ingmar se reservó el papel de Examinador.


Al estreno asistió medio mundo, algo curioso si se toma en cuenta que no eran sino aficionados, y en el programa de mano, Ingmar más que presentarse, hablaba con la autoridad de un veterano. Desde un principio, el hombre estaba empeñado en construirse no un nombre sino un renombre. Lo lograría por prepotencia de trabajo y (algo que sabemos los que no lo hemos logrado) por la generosidad de los dispuestos a difundir un nuevo nombre. Porque se puede ser un genio y si los que asisten no promueven la obra, se es un genio de corta duración. Y no se trata de tener una posición de influencia o relevancia sino de contar donde se esté que se ha visto tal o cual cosa que merece ser vista. Si el comentario persiste y se generaliza, tarde o temprano llega a quienes influyen y difunden a lo grande. Si fuera joven de nuevo propondría fundar colectivos, aunque más no fuere el de los desahuciados de siempre, el apoyo mancomunado garantiza una difusión mayor que la individual, y es más probable que alguien se destaque y después ayude a que los otros también se conozcan.


Como sea Ingmar comenzó a hacerse de un nombre, por cómo trabajaba y por cómo se difundía. En los programas de mano tomó una costumbre que conservaría, la de desdoblarse y dialogar consigo mismo, por ejemplo el Bergman director le preguntaba al Bergman espectador e iniciaban una conversación sobre la obra que el público vería a continuación. Desdoblarse, cambiar roles, enmascararse y desenmascararse, Bergman, Bergman, Bergman. Por suerte, desde el inicio, Ingmar tuvo en claro que se trabaja para otro, para contarle algo a alguien con la intención que fuere, pero a alguien más, a otro, un espectador, un lector, un público. Hay artistas que solo se hablan a sí mismos, que no tienen público sino una comparsa que los acompaña en el culto a su persona, que lo admiran tanto como se admira él, estos artistas no dialogan, se hablan a sí mismos y esperan que vos asientas. Yo prefiero a los que te toman en cuenta, no a los que se masturban sin que vos sepas si es con tu imagen o con la de quién.


Llamó la atención de otro grupo teatral en Estocolmo más profesionalizado aunque todavía amateur. Lo convocaría un actor profesional para una aventura de una noche que terminaría mal. Después sería convocado por otro grupo casi profesional. Y después ya llegaría a las ligas profesionales.


En su etapa amateur, cuando montó El viaje de Pedro, el afortunado de Strindberg contó con la presencia de Bertold Brecht, nada más ni nada menos. Brecht andaba exiliado en una granja cerca de Estocolmo por entonces. Cabrón famoso si los hay, Brecht no se desgració con un comentario vergonzante (destruirle la noche a alguien que se perdería en la niebla del tiempo es una cosa, destruírsela a quien llegaría a ser tan o más influyente que vos es otra muy distinta, una metida de pata colosal de proporciones épicas). Solo dijo que lo había impresionado el compromiso, el idealismo evidente con el que se trabajaba y destacó también el talento de los actores, sobre todo los de los papeles menores. No dijo nada muy jugado, más bien genérico, apenas condescendiente, pero nada que con el tiempo pudiere echársele en cara.


No hay actividad humana más propensa a los imprevistos que el teatro. En su eterno presente, el teatro demanda que todos los elementos del ritual particular que se celebra esta noche fluyan con felicidad en cada función. Algo que puede suceder o no. No hay humano que haya participado de un proyecto teatral que no salga con una anécdota.


Entre las de Bergman de esta etapa se destacan los inconvenientes de los permanentes cambios de elenco. Estaban en guerra y los actores eran movilizados a las filas para luchar. Se pedían permisos para que pudieran asistir a los ensayos que quedaban y a las funciones programadas, o eran reemplazados, si los permisos no se concedían, lo que atrasaba los estrenos.


Como hizo obras infantiles supo que su destinatario natural es un público volátil que expresa su gusto o su disgusto ruidosamente. Supo también que adaptar clásicos como Andersen (montó un par de veces El yesquero) genera controversias, hay gente a la que no le gusta que se modifiquen los cuentos con los que se crió. Imagínese como les caería las versiones de Bergman que decía que Caperucita Roja era Sonata de espectros para niños.


Cuando montó Cuarto de hotel de Pierre Rocher hizo que una actriz semidesnuda cruzara la escena corriendo, indecencia que desató escándalo y protesta. Algo que le vino muy bien al pequeño Bergman, nada promueve mejor un nuevo nombre que un poco de escándalo.


En la pantomima Beppo, el payaso, escrita, dirigida y corografiada por quien sería su primera esposa, Else Fisher, Bergman ofició de productor cuando la obra salió de gira. Productor en el teatro independiente o en el amateur es un eufemismo para “tendrás que solucionar todos los problemas que se presenten, sea cual fuere su naturaleza. “


En otra gira, la de Un hermosa rosa (sobre la canción folklórica de Sven Sköld) desempeñó un rol similar, aunque en este caso su función específica era ir a buscar al músico mencionado a su hotel y llevarlo al teatro donde hacían función. Chofer, que le dicen. Años más tarde, cuando ya Bergman es Bergman, imaginarlo de chofer de alguien es inconcebible.


En la última obra en la que participó como actor (Antes de despertar, obra en un acto de un alumno de la Universidad de Estocolmo, Bengt Olof Vos, que parece ser no muy estimulante ya que Erland Joshepson la rebautizaba Antes de dormirnos) Bergman hacía de un viejo ciego que sentado en un rincón escudriñaba las luces, de repente hacía como que le urgía ir al baño, salía de escena y cambiaba las luces. Andaban escasos de técnicos.


En su primera aventura profesional, cuando un actor establecido lo llamó para que montara en gira El padre de Strindberg, la cosa duró una noche. Vendieron solo 17 entradas. Terminada la función, todos quedaran librados a su suerte. Bergman confiesa que por suerte tenía un trozo de pan, un huevo duro y seis monedas. Un pedazo de pan y un huevo duro puede parecer nada en tiempos de panzas llenas, en hambrunas de guerra, es un festín que da fuerzas para un par de días.


En 1942 estrena su primera obra como autor, La muerte de Punch (según dicen a caballo entre el auto sacramental y una obra expresionista) sobre un actor que inesperadamente recibe la visita de dos hombres serios vestidos de negro que resultan ser mensajeros de la muerte. ¿Les trae ecos de El séptimo sello? Sí, claro.


¿Habrá más interrelaciones entre su teatro y su cine? Veremos.


Ah, su guión para Hets (El sádico, Tormento, Suplicio, Tortura) fue llevado al teatro en 1948. Primero en Oslo, Noruega dirigida por Per Gjersøe, casi sin cambios en el texto,  y después con el título de Frenzy (Frenesí) en Londres con adaptación y protagónico de nada más ni nada menos que Peter Ustinov, en el elenco figuraba un tal Denholm Elliott, que tenía 26 años por entonces, lo que me hace suponer que era uno de los alumnos. Ustinov tenía un año menos, pero siempre dio mayor, de modo que el profesor Calígula no le quedaba mal.

To be continued

Gustavo Monteros


Ilustraciones:
Arriba: foto del montaje de El viaje de Pedro, el afortunado
Abajo: foto del primer elenco con el que trabajó o sea el de Outward Bound

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