jueves, 8 de febrero de 2018

Mi vida con Bergman - Capítulo 3


Decíamos ayer que desatada mi pasión por el cine, leía (y memorizaba) con voracidad las páginas de espectáculos de todas las publicaciones (compradas por los diferentes miembros de la familia) que caían a mis manos.


Dije también que era muy cruel mencionar ante este chico hambriento de saber fuentes a las que no podría concurrir a verificar o negar la información impartida. Esto viene a cuento porque en las presentaciones de las películas de Bergman en los distintos ciclos que se le dedicaban, los disertantes apabullaban con referencias lejanas de libros y películas inhallables y por lo tanto incomprobables. Parecían hacerlo a propósito, pero nunca hacían relación de la película que veríamos a continuación con una que se vería al día o la semana siguiente, no, se la relacionaba con una que solo se había visto en un cine club uruguayo un martes a las tres de la mañana, gracias a la copia conseguida en un carguero checo y que debía ser devuelta antes de que partiera a las 6 de esa misma madrugada. Función a la que asistieron 9 personas entre las que se contaba nuestro anfitrión. Se la relacionaba también con otra dada en el breve y poco difundido ciclo de cine sueco, organizado por la embajada de Suecia en una muestra paralela del Festival de Mar del Plata de hace dos años, a la que por supuesto, nuestro conferencista había acudido. Y no es que nuestro presentador tuviera la suerte de estar en el lugar y momento propicios, no, era Dios nuestro Señor lisa y llanamente, porque estaba en todas partes.


En aquellos tiempos de antaño, el joven hincha sabía que siempre participaría vicariamente de aquel partido mítico de su equipo celebrado antes de su nacimiento, vería, si los había, registros televisivos o de noticieros cinematográficos, y siempre dependería de la memoria gloriosa de quienes le contaban la hazaña. Yo tenía una ventaja, me enamoré de películas, que estaban en algún lado, pero que si no se programaban no podría verlas jamás. (No debe olvidarse que estábamos en el año 1970, de modo que los videos, el CD, el DVD, el Blue Ray e Internet eran fantasías de la ciencia-ficción).


De modo que así estaba con la boca que se me hacía agua cada vez que iba a un ciclo de cine y el presentador me confrontaba con tesoros inaccesibles. Vi todas las películas disponibles de Bergman, una y otra vez. Por placer, para recordarlas mejor, y porque a medida que vivía se resignificaban. Porque claro me faltaban vivencias para aprehenderlas en su totalidad. No era más que un chico en un mundo de adultos. Otra vez acumulaba datos para clasificarlos después, si es que la pasión me duraba (ustedes ya saben que duró porque si no estaríamos hablando de otra cosa).


Ya mencioné donde vi por primera vez algunas películas de Bergman, y nombré también otros cines, en estos las volví a ver en otras combinaciones, los programas era dobles o triples, y por supuestos los programas variaban. Siempre me extrañó que por azares y casualidades de existencia y distribución, la trilogía sobre el silencio de Dios (Luz de otoño, Cuando huye el día y El silencio) nunca se diera en un solo programa. De las tres, siempre quedaba una afuera.


Las esquivas, las inaccesibles eran las primeras, las que habían precedido su irrupción a la fama mundial con Juventud divino tesoro. La mayoría no se había estrenado comercialmente en el país y seguían sin distribuirse a pesar de la fama de su autor. Eran piezas tempranas e imperfectas, juzgaban los expertos. En aquellos tiempos, como vivían los grandes maestros, que son los que extienden y definen los parámetros de lo que es bueno y de lo que es excelso con sus obras, los críticos asestaban juicios de valor con la categoría de sentencias inapelables. Imperfectas o no, yo quería verlas, juzgarlas por mi cuenta, apreciarlas según mi gusto. La obsesión en un cinéfilo, no sé en otros casos, es siempre un acto de amor. Un par de veces al año se daba alguna en un ciclo de la Cinemateca, que me quedaban vedadas porque se exhibían los días de semana, y a Buenos Aires podía ir ya por mi cuenta los fines de semana, nunca los días de escuela. Algunas libertades tenía, pero no las tenía todas.


Quedaban los libros sobre ellas, para ir completando la educación al menos por interposita persona u autor en este caso. Pero la Biblia sobre las primeras películas de Bergman me era tan esquiva como las películas mismas.


Pero antes de entrar en el Primer Testamento de la Biblia Bergman, volvamos a cuando empecé a leer sobre cine. Tendría no sé, 6 o 7 años, era lector desde los 5, más o menos, me agrando porque fue en lo único en que fui precoz, después ni en la eyaculaciones, que es algo bueno, no tenerlas, precoces, digo. Los artículos y gacetillas eran más o menos amigables, asequibles y llanos para ese lector incipiente. (La lectura en el inicio es siempre una aventura y los peligros son esas palabras raras, esas estructuras enrevesadas, esos giros idiomáticos extraños, esos malabares lingüísticos que parecen contradecir la lógica gramatical pero no). Pero para un chico de 6 o 7 años, las críticas estaban escritas en sanscrito. Convengamos que las críticas en general, sean de fútbol, carreras de auto o de caballos, de cine o de teatro, rebosan de jerga especializada, usada y comprendida por los entendidos. Aquí los pequeños hinchas de fútbol corrían con ventaja, porque al ser tan popular, padres, tíos y hermanos no tardaban en ponerlos al día sobre jerga y sobreentendidos, a mí se me dificultaba, mi familia era educada, formada y hasta culta, según qué definición se usase, pero no hablaba ni remotamente como los críticos especializados cada vez que se referían a las películas. La ventaja es que la jerga es finita y se repite. Si no entendía tal o cual palabra, giro o símil, la próxima vez que aparecía, en un contexto que conocía o comprendía mejor, si no se me hacía la luz, al menos me focalizaba mejor el sentido último y me decía que más pronto que tarde entendería en plenitud.


Ya dominaba la lectura de las críticas con pericia cuando conocí a Homero Alsina Thévenet. No era para menos ya era todo un boludo de trece años. El libro se llamaba Crónicas de cine y contrariamente a lo que se usaba, o sea juzgar las películas según preceptos establecidos de antemano, Homero contaba cómo accedía él a la película, qué memorias o emociones le despertaba, qué significado le atribuía él a lo que veía. Y paradojalmente cuanto más personal se ponía, más universal se volvía, al contrario de los otros que en su supuesta objetividad, se empequeñecían y solo se reflejaban a sí mismo. Ahora es fácil hacer lo que él hacía, porque los maestros están todos muertos y ya nadie levanta, corre o baja la vara de los logros, pero en sus tiempos era revolucionario, se corría del rol de juez y se volvía testigo, que en cine es mucho más valioso que el juez más salomónico.


Homero, encima, era junto con Emir Rodríguez Monegal, los autores del Primer Testamento de la Biblia sobre Bergman: Bergman, un dramaturgo cinematográfico.  El libro contaba cómo se había ido conociendo a Bergman en el Río de la Plata, en las dos orillas, claro, cómo había evolucionado su carrera y cuál era el mejor método de acceder a su mundo. Se publicó en 1965 y llegaba hasta El silencio.


Este libro se me escapaba, me eludía, me esquivaba. Siempre llegaba tarde a las librerías donde me alertaban amigos y conocidos que podía encontrarlo (ya había recorrido a todas las habituales) los vendedores me decían que lo acababan de vender, que se lo habían llevado ayer, que no conocían a quien se los habían vendido, que no era un cliente regular (porque yo ya pasaba de la insistencia al acoso) y que no podían reponerlo porque estaba fuera de edición. Sabía que no me mentían, ni en lo de la edición ni en que lo habían tenido, a menos que amigos y conocidos me mintieran por diversión o crueldad. Me lo hubieras comprado igual, reclamaba, te lo hubiera pagado aunque ya tuviera otra copia, agregaba. Me resigné cuando un amigo me dijo que lo tenía prestado, pero que el martes se lo devolvían, y el martes llegó y me llamó para decirle que su amigo lo había perdido, que se los habían robado de su mochila, en la facultad. Me dije basta y lo olvidé, aunque cada vez que iba a la Cinemateca a ver Bergman me lo recordaran, porque siempre te daban un programa con un extracto sacado de este libro. Que me olvidé es una forma de decir, cuando me acordaba preguntaba por él en las librerías de viejo sin resultado.


Entonces el año pasado cuando las páginas digitales oficiales, semi oficiales y para nada oficiales sobre Bergman, comenzaron a difundir que se venía para el 2018 una celebración mundial por el centenario de su nacimiento, me dije: voy a comenzar a celebrarlo consiguiéndome el Primer Testamento de la Biblia de Bergman según Thévenet-Monegal y entré a Mercado Libre para ver si estaba. ¡Sí! Y había varias copias es distintos lugares del país, con una curiosa concentración en Rosario. Me decidí por uno de Bahía Blanca, cuyo vendedor tardó en mandármelo, tanto que tuvieron que intervenir los veedores de la página y preguntarle el por qué de la demora, el vendedor les dijo que ya me lo mandaba y a mí me envió un mail diciéndome que se había entretenido con un problemita familiar que ya había resuelto, y que sin duda disfrutaría el libro, que era el que más sabía sobre los inicios de Bergman, y que él tenía su propia copia que no podía vender porque la había subrayado, yo no le contesté nada, pero cuando el libro llegó, le di la mejor calificación (es exigencia de la página calificar el vendedor) no solo porque cumplía un deseo de casi 48 años sino porque también estaba tal como lo había descripto, con la tapa despegada a la que le faltaba una pequeñez en el lomo, firmado por su dueñx original (la firma es ilegible) y con una anotación en lápiz en una de las páginas (alguien anotó sabrá Dios con qué criterio) los títulos de El huevo de la serpiente y Fanny y Alexander).


El libro y muchos otros artículos leídos en el curso de los años me ratificaron que los presentadores de aquellos viejos ciclos en su afán de erudición falsificaban o mentían los datos. Algo que ahora no puede hacerse con impunidad… existe internet. No sé si les pasa a ustedes, pero a mí, cada vez que creo que alguien la pifia en algún dato, agarro el teléfono y lo chequeo. Hasta ahora no me tocó con un disertante, pero a más de uno lo vi tragar saliva, cuando dijeron algo sin estar del todo seguros, y entre los oyentes alguien tecleaba en su teléfono, debían ser estupideces, o mensajes de amor y  sexo, porque no corrigieron al conferencista.

To be continued
Gustavo Monteros



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