jueves, 1 de febrero de 2018

Mi vida con Bergman - Capítulo 2

La erudición en el fondo es un juego que consiste en relacionar una cosa con algo que muy pocos han oído hablar,  y que más pocos aún,  han visto, leído o comprobado. Es una de las versiones cultas de quien la tiene más grande o de quien mea más lejos. Con el tiempo uno aprende a aceptar que no es más que eso, que es una técnica más de levantar minitas, o de no sentirse tan solo,  o tan pelotudo por haberse pasado la vida encerrado en algún sitio mal ventilado, haciendo artilugios tan apasionantes como inútiles en términos prácticos, dibujándose la raya del culo a la salida. Que te sirva de algo, que te aproveche. Pero es lo peor que le podés hacer a un chico que se sabe enamorado desde ayer de una disciplina. Es cruel mostrarle que es casi nada lo que sabe, y que hay una eternidad de fortunas de conocimientos sobre el tema, a los que no podrá acceder jamás, y si llega a persistir, quizá algunos de los poseedores de esos saberes o de los libros que los contienen, lo iluminen o se lo faciliten. Eso era por los principios de los setenta, ahora que se metan los saberes en el orto y se limpien el culo con las páginas de sus libros… ahora existe internet.


Pero vayamos por partes o nadie va a entender nada. Pasé mi infancia en Catamarca, o más precisamente hice ahí la primaria. En medio de la cual, de la infancia o de la primaria, da igual, descubrí el Cine, así con mayúsculas. Primero con Rocco y sus hermanos (gracias a que mi tía Martina quiso quedar bien con Rossano Brazzi que era tostado y de cabellos plateados, aunque casado, bueno, la tía como buena chica de treinta y pico, ya había comprobado que los hombres potables estaban casados o eran putos, bueno, quedaba el resto que se parecían a una resaca de una borrachera que vos no habías tenido y mucho menos disfrutado) y después con Los Compañeros, (que me inoculó un marxismo de bolsillo que me evitó unas cuantas frustraciones y que no me dieran gato  (de derecha) por liebre). Como sea, lo mío no es de Rusia sino De Italia con amor.


Así como otros, descubierta su pasión, quieren saberlo todo de autos, de fútbol, de cómo tocar un instrumento, de cómo dibujar mejor, yo quería saber todo sobre el cine. Por suerte, allá en la Catamarca milenaria, la familia y sus adyacencias era numerosa y todos compraban diarios y revistas, adminículos que traen, gracias a Dios, notas y noticias del mundo del espectáculo, primordialmente sobre el cine. Los hombres preferían los diarios, las revistas de actualidad o los semanarios políticos. Las mujeres las revistas femeninas que abarcaban las de interés general, las de tejido, bordado o costura, las de cocina, las fotonovelas y las de chismes sobre astros y estrellas. Ahora puede que todo suene muy sexista porque lo era en realidad. Eran tiempos en los que las mujeres se realizaban solo si se casaban, tenían hijos y administraban y adornaban un hogar.  Lo peor que te podía pasar era quedarte soltera. No importaba si descubrías la cura del Alzheimer, ponías una base en Marte, o hacías agua potable del agua de mar, si no tenías marido eras poco menos que una paria. Como decía el slogan de los Virginia Slim, has recorrido un largo camino, muchacha. Como sea, las revistas femeninas propagaban y sostenían un conservador paraíso machista, limpio y pulcro y sin conflictos. Ah, las más devotas compraban el semanario Esquiú, tribuna de doctrina de la acción católica, que no había que despreciar si amabas el cine, porque muy esporádicamente se despachaban con un articulito sobre esos autores de moda como Fellini, Pasolini, Antonnioni o Bergman, ya, ya, ya llego a Bergman. A lo que voy es que de todos esas ediciones ilustradas, diarios y revistas de la más variada calaña, nutrían mi afición por el cine. Yo recababa datos y los memorizaba. Sin método, caóticamente, ya llegaría el momento de clasificar tanta información, por ahora bastaba con saber que fulano actuaba en tal o cual película, que mengana era la esposa de tal o cual director de cine y que fulano y mengana, después de haber protagonizado tal o cual cosa, juraban que nunca más trabajarían juntos. Y yo devoraba todo eso con una avidez digna de mejor causa. Cuando me preguntaron dónde quería hacer el secundario, contesté que en La Plata, entre otras cosas, muchas, a decir verdad, no voy a andar ahora haciéndome el chango telúrico, había muchos más cines y hasta ¡teatros!


Comencé el secundario en 1970 en la ciudad de las diagonales. La Plata, entonces, bullía de cultura, había cursos y simposios de lo que se te ocurriera, había música de todas las variables conocidas, muchos museos, galerías y exposiciones, y lo que más me interesaba ¡había ciclos de cine de todas las corrientes hasta la fecha, casi todos los días de la semana, a veces incluidos los domingos! Era casi el paraíso del cinéfilo. Contaba con la posibilidad y un buen arreglo con mis padres. A cambio de que me fuera bien en la escuela, sacara notas pasables y no diera problemas de conducta, tenía la libertad de hacer con mis tardes lo que me viniera en gana. (Menos mal que elegí ir de mañana, de haber ido a la tarde me hubiera perdido casi todo). Algunas obligaciones me impusieron, ir a buscar o llevar a mis hermanas al colegio o alguna cosa, hacer las colas por el papel higiénico o el azúcar en los períodos de desabastecimiento  y de vez en cuando tolerar las ínfulas dictatoriales de papá y hacer compras en el incipiente supermercados SADOS (como sabía que no nos gustaba elegía sádicamente el peor momento para que las hiciéramos, no cuando nos rascábamos frente al televisor sino cuando teníamos algo planeado qué hacer), como se ve todas estas actividades podían interferir con los horarios de algún ciclo o exhibición normal de algún film, para lo cual había que aprender a negociar, no hago hoy esto, pero mañana hago el doble de otra cosa y así. Hubo algún que otro intenso conflicto de intereses, aunque en líneas generales fui a casi todo lo que me interesaba.


Cuando Bergman llegó a mi vida, llegó como todos los otros grandes maestros con la aureola de su grandeza. Pero a él, bah, a otros también, no se la quité. Bergman era Bergman y que nadie se atreviera a decir lo contrario. Lo mismo valía para Visconti, Fellini, Truffaut, De Sica, solo para mencionar algunos, a Pasolini a la aureola se la volé con inusitada iconoclasia, era demasiado seco y adusto para mi paladar, a Antonionni le perdí el respeto a fuerza de bostezos, el hombre me aburría a más no poder, y algunos a veces los subía al altar mayor y a veces los bajaba a los escobazos, como a Rossellini y Malle, del cual me subía en su Ascensor para el cadalso todas las veces que pasaba, pero su Fuego Fatuo y sobre todo Los amantes, me caían peor que buñuelos en medio de un empacho.


Bergman estuvo a la altura de la fama que lo precedía y me enamoré de sus dramas desgarradores en islas agrestes, de sus preguntas sobre Dios a través de personajes tan conmovedores como débiles, de sus atrevimientos medievales y cuando comprobé que hasta podía hacer comedias magistralmente, me pareció un premio extra de Dios que no creí merecer.


Retomo, llegué a La Plata en el año 70, de modo que vi en estreno Vergüenza (1968), La pasión de Anna (1969) (no son errores de mi parte, tengo las fechas exactas de todos estos estrenos, la distribución de cine siempre fue azarosa), El toque (1971), Gritos y Susurros (1972), Escenas de la vida conyugal (1974), Cara a cara (1976), El huevo de la serpiente (1977), Sonata otoñal (1978), De la vida de las marionetas (1980) y Fanny y Alexander (1981) (Lo que vino después es otra historia que contaremos más adelante)


Lo anterior da cuenta de lo que vi en estreno, pero estaban los ciclos de cine en entidades públicas y privadas y los reestrenos, una característica de la época, en el Select, el Master, el Cervantes o el Mayo, sin contar las épocas en las que el Coliseo Podestá oficiaba de cine.


No sé cuál fue el primer Bergman que vi, creo que Juventud Divino Tesoro en el Círculo de Periodistas, aunque casi inmediatamente vi en el Cervantes Luz de invierno, Detrás de un vidrio oscuro y Cuando huye el día. A las medievales, una la vi también en el Círculo de Periodistas (La fuente de la doncella) y en el Select vi la otra (El séptimo círculo). En el Select vi también Sonrisas de una noche de verano, Un verano con Mónica, Noche de circo y El silencio. En el Cervantes vi El rito prohibido y El mago.


Bergman era muy popular por aquellos tiempos, sobre todo en La Plata, que era, lamento decirlo, contemporáneos, tremendamente culta, educada y formada. Todos leían Papillon, pero también El extranjero. Todos veían su western, pero paladeaban un buen Bergman. Y no sigo porque me da tristeza comprobar cómo hemos decaído, la dictadura procuró destruir tanta cultura, mucho se perdió, pero hubo un movimiento de resistencia que floreció en la primavera alfonsinista, después el neoliberalismo de los noventa hizo mierda todo, hubo un tibio renacer con el kirchnerismo que el macrismo se ocupa día a día de matar como todos sus logros. Conclusión, a los neoliberales no les gustan las masas ilustradas, las prefiere más brutas que ellos.


Yo era un chico y las películas de Bergman eran prohibidas para menores, pero nunca tuve problemas para entrar. En los ciclos, la calificación no valía y en los cines, sin querer, con inconsciencia, desarrollé una estrategia astuta que me dio vía libre, iba a las primeras funciones los días de semana, cuando no concurría mucha gente, no había boletero que se resistía a venderme una entrada cuando sabía que a lo sumo vendrían 100 espectadores como mucho (insisto, eran otros tiempos, ahora a veces no tenés 100 espectadores ni en un día entero, no en una función como entonces y ojo, te hablo de 100 como un mal día) , de haber intentado ir por mi cuenta, es decir sin un adulto, un fin de semana me hubieran rebotado como el mejor. El problema, si es que los había, no eran los inspectores, eran los hipócritas de siempre, los que se ofuscarían ante la idea de un chico que ve cosas de adultos, aunque por entonces reinaba la censura y no quedaba de inconveniente ni lo sugerente, además había mejor material para una buena paja que ¡un Bergman! En cambio los que iban el día de estreno o de recambio de cartelera en los cines de cruce, a la primera función eran los Bergmanianos de verdad, gente amplia y progresista, una hermandad de pensamiento y sensibilidad que jamás me delataría o protestaría al boletero por dejarme entrar, yo, como hago ahora con los más jóvenes cuando me sorprenden en funciones que se suponen son para viejos, los bendigo, porque son el recambio, los que toman la posta, los veteranos de cuando era chico, quizá hacían lo mismo al verme, ávido y concentrado ante la nueva o la clásica obra del maestro.


Eso sí, a la única que no me dejaron entrar fue a El Silencio, a esa tuve que volver con un mayor. Betina, una compañera de teatro, fue la elegida. Es que El Silencio tenía fama de escandalosa, de haber sido prohibida varias veces, las chicas de la acción católica que consideraban pecaminoso hasta eructar, no podían tolerar mujeres que no solo se permitieran fantasías sexuales sino  que rozaran encima el incesto y por ser quienes eran, además lésbico. De vez en cuando le levantaban la prohibición, porque en el mundo entero la daban y la consideraban profunda, y aquí en eso al menos, era una suerte que se tomara en cuenta la opinión o los hábitos de afuera.


En este capítulo me quedó afuera la razón del principio, lo de la erudición y esas cosas. A no desesperar, lo incluiremos en el próximo, quizá.

Gustavo Monteros


No hay comentarios:

Publicar un comentario