domingo, 8 de enero de 2012

Camino a la libertad


Media mañana del domingo 25 de diciembre. Perrito me saca de la cama para que lo lleve a hacer sus necesidades. Me arrastro mal dormido y con resaca. No hay tráfico así que no nos mata ningún auto. Él es un atolondrado impulsivo y yo estoy en versión autómata fallado. Volvemos. Él feliz y aliviado; yo, en estado vegetativo creciente. Aunque a medio despabilar, no tengo ganas de volver a la cama. Tomo un café cargado que es mi remedio favorito para todos los males y le agrego un par de aspirinas con la esperanza de revigorizarme. Esperanza vana como casi todas las mías. Me siento como gelatina al sol. Por reflejo prendo la computadora y por reflejo me siento frente a ella. Decido ver una película navideña. Mis clásicos navideños están a años luz de las Navidades Blancas y de ¡Qué bello es vivir! Aunque he aprendido a tolerarla, odio la parafernalia navideña yanqui  de arbolitos, renos, trineos, gordos de rojo y blanco, medias en la chimenea, coronas de muérdagos y bastoncitos de caramelo. Mientras abro archivos, cambio de idea y opto por una película que no haya visto. La moneda gira en el aire y cae sobre The way back de Peter Weir. Es de fuga. Me gustan las pelis de fugas. Unos prisioneros escapan de Siberia y caminan chiquicientos kilómetros hasta llegar a la India. No bien comienza, un cartelito nos informa que sólo tres llegaron con vida. Un acto de arrojo, el cartelito, porque mata todo suspenso. Bueno, más bien lo transforma, habrá que ver cuáles son los tres. El gran Mark Strong decide quedarse en Siberia y del montón inicial quedan Jim Sturgess, Ed Harris, Gustaf Skarsgård, Alexandru Potocean, Sebastian Urzendowsky, Dragos Bucur y Colin Farrell, a los que después se suma Saoirse Ronan. El gran Peter Weir se las ingenia para dar belleza y quitarle monotonía a paisajes agrestes y desolados. Narra con seguridad y brío, redondea una buena película, pero no una de las mejores entre las suyas. Por algún motivo no sobrevive en la memoria como La última ola, Picnic en las rocas colgantes, Gallipolli, El año que vivimos en peligro, Testigo en peligro, La sociedad de los poetas muertos o The Truman show. Quizá porque no trabaja a fondo, sensiblemente, la historia que abre y cierra la película, que queda como una anécdota cuando debió ser algo central. Ed Harris y Saoirse Ronan están fabulosos comme d'habitude. Colin Farrell es un animalito de Dios que se lanza al papel como un kamikaze, sin red, sin guardarse nada, y cuando la pega, ilumina comportamientos con el resplandor de un faro. Gustaf Skarsgård (el hijo del excelente Stellan), Alexandru Potocean, Sebastian Urzendowsky están muy bien. Jim Sturgess se banca el protagónico, lo que no es poco. Dragos Bucur, fabuloso en Policía Adjetivo y  muy bien como el amido de En aquel martes después de Navidad, se muestra aquí poco solidario con el resto del elenco, quienes se tomaron la molestia de adelgazar para lucir las penurias del hambre. Él no, se comió todos los sanguchitos del cátering, y por más que lo demacran con maquillaje, se lo ve siempre demasiado robusto y sanito, lo que tira abajo la ilusión de realidad que los otros intentan crear. Algo así como que me cago en los demás. Actuar es también un arte grupal y el individualismo a ultranza más que hacerte resaltar, desnuda la soberbia.

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